estelnegre | 01 Juny, 2007 08:53
Cuando era
pequeño desarrollé un extraño
pánico:
asustarme cada vez que alguien llamaba a la puerta. Tenía
mis motivos: cabía la
posibilidad de que fuera la policía. Para evitar sobresaltos
mayores, los
familiares acordamos un código de timbre susceptible de ser
aplicado por amigos
y camaradas. A todos los demás había que
interpretarlos por la manera de llamar
y adivinar sus intenciones, generalmente buenas. Con el tiempo,
aprendí a
diferenciar el tímido timbrazo de la señora
Claudina, la portera del edificio,
y el del dirigente comunista Pere Ardiaca, que pulsaba el timbre
siguiendo los
principios de la contraseña pero con un plus de sobriedad y
disciplina de
partido. Una de las personas que de vez en cuando llamaba a aquella
puerta era
Eduard Pons Prades, que falleció el lunes a los 87
años.
Pons Prades
fue una de esas personas que resumen los
efectos devastadores de la Guerra Civil y sus dramáticas
consecuencias, no sólo
por su biografía (que incluye una adolescencia racionalista
desde el punto
educativo, una juventud de militancia libertaria, una
participación en el
ejército republicano y más tarde en el
francés, combates clandestinos,
detenciones y un titánico esfuerzo por recuperar la dignidad
cultural perdida y
participar en la construcción de la versión
histórica de los perdedores), sino
porque llamaba al timbre de un modo único, que enseguida te
ponía sobre aviso,
en guardia. Cuando abrías la puerta, allí estaba
él, con sus gafas oscuras, su
delgadez, su pelo rizado, su carpeta llena de papeles y una mirada
viva,
mirando siempre hacia atrás, dando a entender que
probablemente le estarían
siguiendo o vigilando. ¿Quiénes? Pues los malos
de entonces.
Luego se
ponía a hablar con mi madre y yo volvía a mis
ocupaciones hasta que se marchaba, con los mismos andares nerviosos,
apresurados y conspirativos. Pons Prades desprendía una
energía peculiar,
cargada de referencias a un siglo sangriento, marcado por idealismos
como el
suyo. No parecía ni un héroe ni una eminencia, ni
tenía la labia de los
dirigentes, pero transmitía una autenticidad que guardaba
relación con su
particular colección de enemigos ideológicos.
Seguir su discurso resultaba difícil
no porque no tuviera claro lo que contaba sino porque su propia
biografía
pasaba por afluentes, ríos y torrentes que iban
constituyendo una red de causas
por las que creyó necesario luchar. Ejemplos: alistamiento
precoz en el
ejército republicano, rematado por una herida de guerra, y,
posteriormente,
vuelta al combate en forma de resistente contra el nazismo o
clandestino
exiliado con modales apátridas.
La
última vez que le vi, todavía no hace dos
años, me
citó en un bar de la calle de València y
apareció enfundado en un jersey de
sindicalista y arrastrando el carro de la compra. Podía
parecer que contenía
frutas y verduras, pero no: enseguida sonrió,
abrió la funda del carro y sacó
un libro y un fajo de papeles repletos de anotaciones hechas con
bolígrafo azul
que se referían a fotocopias adjuntas de documentos
pertenecientes a esa
memoria por la que tanto hizo y que siempre fue fiel a una de las
máximas de
Malraux que él mismo incluyó en uno de sus
libros: "La guerra de España
fue la apoteosis de la fraternidad" (resulta curioso que una tragedia
fratricida genere, al mismo tiempo, tanta fraternidad).
Su manera
de ser, incansable, le llevaba a desear
compartir su entusiasmo o su indignación, a contarte, con
esa peculiar
tendencia a la digresión, quién era
quién y de dónde venía cada
cuál. Y, de vez
en cuando, conseguía reunir el material y la
energía para escribir uno de los
muchos libros que nos ha dejado, algunos de ellos dedicados con esa
firma
ascendente, justo debajo de una de sus máximas: "Con un
fraternal abrazo".
A veces, llegaba una llamada al contestador, para avisar de una
presentación o
de un nuevo proyecto, y algunas de esas aventuras culminaban y, de
repente, si
podías, te encontrabas en algún lugar hablando de
Pons Padres ante un público
que le respetaba y entre los que, de pronto, localizabas a Loquillo.
¿Loquillo
y Pons Prades? Pues sí, era una de esas mezclas que
sólo él era capaz de
conseguir. La simpatía que generaba no tenía
categoría de adhesión, ni siquiera
de entusiasmo incondicional por sus documentados libros, que contaron
con el
respaldo de su esposa Antonina Rodrigo; lo que admirabas de
él era su
tenacidad, su resistencia a abandonarse, su capacidad para
sonreír con una
expresión irónica, la luz de esa mirada siempre
alerta y la capacidad para
alegrarse de los éxitos ajenos (si leía un
artículo sobre sus amigos en los
muchos periódicos y revistas extranjeras que
leía, te los fotocopiaba y te los
mandaba, con alguna anotación vigorosa, escrita a mano).
Cuando leí que acababa
de morir, lo primero que me vino a la memoria fue su manera de llamar a
la
puerta y cómo, justo después de oírlo,
yo apostaba conmigo mismo: "Seguro
que es Pons Prades".
Sergi
Pàmies
(El País,
01-06-07)
Josep Maria Sanz, «Loquillo»: Pons Prades, la memòria de la resistència
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