estelnegre | 23 Abril, 2007 11:19
1937 no va tenir un maig florit
El
president Pasqual Maragall va retre honors l’any 2004 a la
tomba de
Lluís Companys, el seu antecessor afusellat pels
franquistes. Aquella entrada de
Can Tunis està flanquejada per moltes làpides
sense restes, però amb noms tan
emblemàtics com els de Francesc Ferrer i Guàrdia,
Buenaventura Durruti i
Francisco Ascaso. Tot dirigint-se a la tomba de Companys, i enmig de
tanta
èpica, Maragall va voler recordar --en un exercici que
l’esquerra hauria de fer
sense tremolor de cames-- tots els qui havien estat assassinats pels
incontrolats durant a Guerra Civil. Bé és cert
que molts d’aquests han figurat els
pobles de Catalunya sota la reu i l’epígraf Caídos
por Dios y por España o
asesinados por la horda roja.
Resulta
difícil fer encaixar velles i sensibles peces.
Però hi ha gestos
sensats. I afortunadament ens queda el consol de llibres que ajuden a
recompondre la memòria que el revisionisme desitjaria morta
i enterrada. Ara,
en acomplir-se els 70 anys dels mitificats Fets de Maig de 1937, han
aparegut tres
llibres: El Escudo de la República, d’Àngel
Viñas; Contrarevolució,
de Ferran Aisa, i Barcelona, mayo de 1937, de
Ferran Gallego. És aquest
darrer el més complet dels tres i el que més
elements aporta per entendre que
aquell no va ser un maig florit per les barricades fratricides al
carrer en
plena guerra contra el feixisme. Es tracta d’una obra
imprescindible per jutjar
amb el cap fred les conseqüències
polítiques d’aquells dies. El llibre és
extraordinàriament dur amb els mites entronitzats per les
barricades: un
sectaritzat Partit Obrer d’Unificació Marxista
(POUM) d’Andreu Nin; un PSUC que
cau de naixement en el pecat original de l’estalinisme:
voler-se fer amb els aparells
de l’Estat, i una CNT desorientada i tan plural com
desgavellada amb líders com
Federica Montseny, Joan García Oliver, Joan Peiró
i Jaume Balius.
Per contra,
el llibre de Ferran Aisa --un autor competent quan aborda
temes relacionats amb la cultura anarquista-- va en la línia
canònica del
“revolucionari bo” (POUM) enfrontat als
traïdors reformistes / estalinistes. L’assaig
d’Ángel Viñas
(segon
volum d’una trilogia sobre la República en guerra)
aposta amb més
brevetat però de forma contundent per un eclecticisme
saludable en jutjar aquells
dies tràgics, en què a les barricades es
materialitzava “l’orgull decent de la
comunitat dels humils en armes”, com diu Gallego descrivint
una barricada de la
CNT.
El escudo de la República.
Ángel Viñas. Crítica, 736
pàgines. 29,95
euros
Barcelona, mayo 1937. Ferran
Gallego. Debate, 576 pàgines. 24,90 euros
Contrarevolució. Ferran Aisa. Edicions de 1984, 334 pàgines. 18 euros
Francesc
Valls
(Extra Sant Jordi / El País, 21-04-07)
Un agente estalinista, cerebro del asesinato de Nin
Viñas rememora los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona que supusieron un golpe mortal para el POUM [El escudo de la República. Crítica)]

Alexander Orlov [agente de la
NKVD, policía política y de seguridad
soviética, antecedente del KGB, durante
la Guerra Civil española] fue todo menos trigo limpio, y sus
memorias y
escritos han de leerse con muchísima cautela.
Debió de ser un embustero compulsivo,
atento a forjarse para la historia una imagen que no cuadra en absoluto
con la
realidad. Lo hizo con la salida del oro [del Banco de España
hacia Moscú]. No
dijo una palabra sobre [la matanza de] Paracuellos. En el asesinato de
[Andreu]
Nin [Pérez. El Vendrell, 1982-Alcalá de Henares,
1937] rayó en la más auténtica
desvergüenza. No dudó en inventarse "cuentos
chinos" y ennegrecer el
recuerdo de otros. Sin embargo, cuando escribió sus
memorias, publicadas por
voluntad suya una vez que hubiesen transcurrido 25 años de
su fallecimiento, no
pudo pensar que algunos de sus secretos, cuidadosamente guardados en
los
archivos del KGB, terminarían saliendo a la luz, ni que en
los archivos
españoles pudieran encontrarse documentos que los
complementaran.
Orlov
tiende una trampa
Fue Orlov quien entrevió la
posibilidad inmediata de atribuir la culpa esencial a Nin por los
"hechos
de mayo" [de 1937, en Barcelona, en los que se enfrentaron los
comunistas
contra anarquistas y trotskistas] ligándolo al
descubrimiento y desarticulación
de la más importante red de espionaje franquista, que tuvo
lugar en abril de
1937, a tenor de lo afirmado en el informe policial español
del mes de octubre.
(...)
Correspondió a Orlov diseñar
las
vías operativas para asestar un golpe al Partido Obrero de
Unificación Marxista
(POUM). Por mor de su presunta afiliación con el "traidor"
Trotski y
por el mero hecho de existir, el POUM atentaba, en la teoría
estalinista,
contra los intereses de seguridad de la Unión
Soviética. Lo hacía en un teatro
de operaciones "caliente" como era el español. La proclamada
relación
Franco-Nin se superponía, en la escena local republicana, a
lo que los rectores
de la política soviética divisaban a escala
universal. Y, naturalmente,
coincidió con la preparación de la fase
última del proceso contra los militares
"fascistas" o "trotskistas".
Orlov ideó una operación que,
salvo algún que otro detalle, fue técnicamente
brillante (entienda esto el
lector en los términos estrictos en que se afirma: el
calificativo puede
aplicarse a una actuación execrable o positiva y no es
óbice para que su
contenido pudiera ser criminal), aunque su explotación
política ulterior
resultara bastante burda. Conviene destacar esta
contraposición, que la
historiografía no suele abordar. Orlov no era un
imbécil. Debía saber que en la
URSS, Molotov había solicitado públicamente la
adopción de medidas contra los
"saboteadores" que procuraban destruir la economía, el
ejército y las
instituciones. De creer sus poco fiables memorias, en febrero de 1937
se había
enterado en París por un primo suyo de que en los archivos
rusos se habían
encontrado pruebas documentales de que Stalin había
trabajado para la policía
secreta del zar. Conocer esto era correr peligro de muerte. Desde
entonces,
afirma, esperaba que de un momento a otro se produjera un golpe de
Estado
protagonizado por los generales a quienes se había informado
de tamaño delito
de leso comunismo. Es difícil que Orlov no tuviera
orientadas hacia Moscú sus
sensibles antenas. También es imposible que pudiera ignorar
que el mariscal
Tujachevsky fue detenido súbitamente el 22 de mayo. En las
redes de la NKVD
cayeron los más importantes jefes militares, tras el
"descubrimiento"
de una "conspiración" contrarrevolucionaria.
En este clima es imposible que
en Moscú no se aceptara la sugerencia de Orlov.
Sabía perfectamente cómo
avanzaba la investigación sobre la red de espionaje
madrileña. Las diligencias
las llevaba exclusivamente la Brigada Especial y eran conocidas del
entonces
subsecretario de Gobernación, Wenceslao Carrillo, del
general Miaja y del
teniente coronel Rojo, por lo que afectaban a la
comunicación al enemigo de
secretos militares relacionados con la defensa de Madrid. En cuanto [al
teniente coronel Antonio] Ortega asumió la
Dirección General de Seguridad
(DGS), le informaron inmediatamente de la operación en
curso, a tenor de un
documento del 1 de junio. No tiene desperdicio. En él
figuraron ya todas las
piezas que servirían para montar la acción contra
Nin.
El informe policial del 28 de
octubre, que contiene tal documento, indica que, en las
investigaciones,
"la colaboración de los técnicos extranjeros
referidos era intensísima,
examinándose por los mismos con toda libertad las
declaraciones y pruebas,
tanto en el domicilio oficial de la Embajada de su país en
Madrid, como en el
local que ocupaba en aquella época la Brigada Especial, en
Castellana, 19,
colaboración que se estimaba inapreciable, ya que aparte de
orientaciones
valiosísimas, ponían a disposición de
la policía aparatos fotográficos,
ópticos, para la reproducción y examen de
documentos, de cuyos elementos podían
valerse directamente los funcionarios que llevaban el servicio, sin
recurrir a
otras dependencias, de la discreción de cuyos funcionarios
no podía responderse
de modo absoluto, como ya existían algunos precedentes".
La cúpula republicana
(Negrín,
Zugazagoitia, Irujo, Ortega) y algunos de sus predecesores
(¿Largo Caballero?,
¿Galarza?, ¿Prieto?) tuvieron que saber de la
ayuda prestada por la NKVD. Los
técnicos soviéticos facilitaron el descubrimiento
de los entresijos de la red
de espionaje. Pero, al hacerlo, introdujeron también las
alteraciones que
convenían a Orlov. Un confidente de la policía,
Alberto Castilla Olavarría,
participó en la falsificación de los documentos
que "demostraban" la
existencia de contactos sediciosos entre la organización de
espionaje
franco-falangista y el POUM, en particular de uno de sus dirigentes.
Otro de
los hombres clave de Orlov, Juzik, es decir, Grigulevich,
contribuyó también de
forma inapreciable y escribió de su propia mano el documento
"incriminatorio" fundamental.
Mientras se fabricaban las
"pruebas", los jefes militares soviéticos acusados, juzgados
en
secreto, fueron ejecutados al día siguiente de darse a
conocer el veredicto de culpabilidad.
Sólo uno se escapó, suicidándose. Las
detenciones de otros jefes y oficiales se
multiplicaron rápidamente. Si esto pasaba con lo
más granado del Ejército Rojo,
nadie en su sano juicio se preocuparía de cómo
Orlov llevaba a cabo sus planes
en la lejana España. El informe republicano del 28 de
octubre, que refleja
posteriormente su plasmación, se lee como una novela
policíaca. Tras algunos
esfuerzos se consiguió revelar un mensaje escrito con tinta
simpática dirigido
al "generalísimo". Tenía una parte cifrada. Como
no había en Madrid
técnicos que pudieran descifrarlo, se llevó en
gran secreto a Valencia.
Acompañaban a los policías "dos de los
técnicos extranjeros".
Informaron a Ortega, recién nombrado, quien
ordenó que un experto de la
Subsecretaría de Defensa tratase de descifrar dicha parte en
su propio
despacho. Los soviéticos aconsejaron una visita al gabinete
de técnicos en
claves del EM, donde "actuaban varios funcionarios de la misma
nacionalidad". Uno de ellos resolvió el problema. El informe
continúa:
"Ya en posesión del escrito íntegramente
descifrado, acudieron el
comisario y funcionarios repetidos a la Embajada del país a
que pertenecían sus
colaboradores, al objeto de redactar un informe, según
había ordenado el
director general, pues en la referida Embajada les habían
sido ofrecidos
incondicionalmente los elementos precisos para ello, ofrecimiento
aceptado,
entre otras razones de orden afectivo, por reunir aquel lugar las
condiciones
de discreción y reserva indispensables en asunto de tal
envergadura".
Una de las preguntas, para la
que no tenemos respuesta, es si antes de que se nombrara a Ortega, la
DGS
hubiese actuado de tal suerte. En cualquier caso, fue en la Embajada, o
dependencia de la NKVD, que tanto da, donde otro técnico
aconsejó un nuevo
examen. Aceptada su sugerencia, apareció un
pequeño error. En los esfuerzos
previos no se había logrado descifrar el contacto de los
espías franquistas.
Resultó, el lector no se sorprenderá, que
obedecía a un nombre que empezaba por
'N' (una comodidad, cortesía de Orlov, porque
cabría pensar que en el mundo
real, y no de la ficción que creaba la NKVD, se hubiera
utilizado algún
seudónimo). En consecuencia, se redactó el
informe del 1 de junio dirigido al
director general de Seguridad y al ministro de la
Gobernación. Fue en este
momento, cabe sospechar, cuando Zugazagoitia debió tener
noticia de la
extensión de la conspiración y, con independencia
de lo que pensara, de la
participación en su descubrimiento de los "servicios
especiales"
soviéticos.
La reacción inmediata provino
del director general de Seguridad. Ortega ordenó que se
trasladaran de Madrid,
adonde ya habían regresado, los funcionarios que llevaban el
caso. En Valencia
recibirían instrucciones. Se les dio una carta para el
teniente coronel
Burillo, jefe superior de Policía de Barcelona, y
también comunista. Decía así:
"Querido camarada: tengo el
honor de presentarle a los funcionarios de la plantilla de Madrid
comisario
Fernando Valentí y agente de tercera Jacinto Rosell, quienes
llevan a ésa una
misión delicadísima en la que le ruego les
dé toda clase de facilidades. En el
caso de que precisaran utilizar gran contingente de fuerzas, antes de
denegárselas consultará usted conmigo. Un abrazo
de su amigo y camarada".
Terminada la misión, debían
informar a Ortega de todas las actuaciones que hubieran llevado a cabo.
Burillo
ya había iniciado la redada. Nin fue detenido el 16 de junio
sin ninguna
dificultad, en parte porque había despreciado todas las
advertencias que la CNT
y algún uniformado le habían hecho llegar. De ser
cierto, sería tal vez un
indicio de que la operación no se blindó
totalmente. Pero fue rápida. Dado que
Orlov había presentado la idea a sus superiores en
Moscú el 23 de mayo, antes
de la llegada de Ortega a la DGS, y que su traducción a la
práctica conllevaba
dificultades considerables de manipulación y de
encubrimiento, no puede decirse
que el nexo NKVD-Brigada Especial no funcionase con fluidez. En menos
de un
mes, la operación se llevó totalmente a cabo.
Interrogatorio
y muerte
Nin fue interrogado el 18 de
junio de madrugada; dos veces, el 19, y una última vez, el
21 de junio. Según
el informe policial del 28 de septiembre, fue Rosell el responsable. No
hay
mención de la presencia de "técnicos
extranjeros", pero sería
altamente inverosímil que no hubiesen asistido. La Brigada
Especial, se recordó
por escrito, quería imprimir la máxima celeridad
para acortar en lo posible el
tiempo que Nin permaneciera fuera de la prevención oficial.
Ahora bien, el preso negó de
forma enérgica las acusaciones. Desde el primer momento, Nin
señaló que
"esto es una maquinación urdida por enemigos
políticos, que muy bien
pudiera ser el PC". Sobre la participación del POUM en los
"hechos de
Barcelona", afirmó que "como consideraban justa la
reacción de la
clase trabajadora, se solidarizaron con ella con el fin de darle
objetivos
concretos y limitados". Hasta el final, Nin repitió que
"nada tiene
que ver con el asunto de espionaje que se le imputa". (...)
[El historiador Vasili]
Nikandrov afirma que la decisión de asesinar a Nin se
tomó después de los
interrogatorios, ya que, en un principio, Orlov no la había
previsto. La
República, claro está, no era la Unión
Soviética. Es posible que Orlov pensara
que si Nin seguía con vida, tras negarse a firmar su
culpabilidad, la actividad
de la NKVD se vería comprometida. Su liquidación
física permitía presentar su
desaparición como una huida ayudada por sus "compinches
fascistas".
Otra alternativa es que quizá Nin quedó tan
maltrecho, que su asesinato era la
única salida. Existen discusiones sobre la fecha en que tuvo
lugar. Según
algunos autores, fue hacia mediados de julio. De los documentos
conservados en
la Causa General y en AFPI se deduce, sin embargo, que el asesinato se
produjo
mucho antes.
Dos de los vigilantes del chalet
(Juan Bautista Carmona Delgado y Santiago González
Fernández) declararon que el
intento de "liberación" ocurrió en la noche del
22 de junio. Las
afirmaciones fueron concordantes. Entre las nueve y media y las diez de
la
noche, dijo González, se presentó en medio de una
tormenta un grupo de unos
diez individuos armados de fusiles y otros dos con uniformes de
capitán y
teniente, carentes de emblemas. El segundo era rubio y con marcado
aspecto
extranjero. Presentaron documentos firmados por Miaja y el comisario
general en
los que se ordenaba la entrega del detenido. Los "asaltantes"
dominaron al guardián rápidamente, tras un
forcejeo, y le encerraron en una
habitación, a la que también llevaron a Carmona.
Ambos oyeron cómo el "capitán"
se dirigía a Nin llamándole "camarada", y se lo
llevaban en un coche
que partió velozmente. Pudieron cortar sus ligaduras y
avisaron a la Brigada.
Varios agentes de la misma acudieron con toda. Registraron el chalet y,
¡bondad
de las bondades!, encontraron fuera de él una cartera que
probablemente se le
había caído a uno de los agresores.
Contenía, ¡suerte de las suertes!,
documentación a nombre de un alemán y escrita en
este idioma, insignias
fascistas, billetes de banco franquistas y fotografías de
personas con
uniformes extranjeros. Más o menos lo que Orlov dijo a
Negrín.
No es, pues, necesario ser
demasiado imaginativo para pensar que al político
catalán le asesinaron con
toda probabilidad la noche del 22 de junio. Fijar la fecha es muy
importante.
Ese mismo día, la prensa dio a conocer que entre los
detenidos en conexión con
la red de espionaje figuraban personalidades del POUM, entre ellas,
Nin. El 24
de junio se anunció que la policía
había dado por terminados sus trabajos
acerca de los implicados en el POUM por tal delito.
Negrín a Orlov:
"¡Está usted hablando con el jefe
del Gobierno!"
El nuevo
jefe del Gobierno, Juan Negrín, se encontraba en
un almuerzo de despedida al general Smushkevich cuando sigilosamente se
le
acercó un funcionario. Le dijo que, durante su traslado a
Madrid, Nin se había
esfumado. Ignoraba que éste hubiera sido detenido en
Barcelona y que se le
hubiese reclamado por orden judicial...
En esta
tesitura, un día llamaron a Negrín de parte de un
consejero de la Embajada soviética que rogaba ser recibido a
causa de un asunto
importante y urgente. Acudió un tal señor Orlof (sic). Cuando entró fue grande
su sorpresa, pues se trataba de una
persona a quien el antiguo embajador Rosenberg le había
presentado ocho meses
antes con motivo del traslado del oro. Orlov expuso que la Embajada
conocía su
interés por Nin, y que, en atención a ello, no
habían escatimado esfuerzos para
aclarar lo sucedido. Hizo una exposición minuciosa.
Negrín le escuchó
imperturbable, no le interrumpió y no le hizo la menor
pregunta. Cuando al
final reaccionó dijo que no era a él, sino a las
autoridades competentes a
quienes correspondía pronunciarse, y que, de vez en cuando,
leía novelas policíacas,
las suficientes como para intuir que las pruebas eran demasiado
contundentes
para ser verosímiles. Orlov exclamó:
"¡Está usted ofendiendo a la
URSS!". Con gran frialdad, Negrín le replicó:
"Olvida usted que habla
con el jefe del Gobierno de la República
Española". Se dirigió a la puerta
y con un gesto le invitó a retirarse.
Ángel
Viñas
(El País, 22-04-07)
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