estelnegre | 02 Setembre, 2007 10:28
Las hermanas de Puig Antich preparan el último cartucho ante el Constitucional para pedir la revisión de la condena a garrote vil
Cuenta Carmen Puig Antich que su
"lucha" comenzó el 26 de
septiembre de 1973 delante de un quiosco. Ese día, un primer
plano de Salvador
Puig Antich, retratado como el asesino, y otro del subinspector
Francisco
Anguas, como el asesinado, ocupaba las portadas de todos los
periódicos. Nadie
les había informado de la detención de su
hermano, ingresado en el hospital
clínico de Barcelona con dos heridas de bala. "Llevamos
peleando desde
aquel día hasta hoy, 33 años. Sabemos que tenemos
que continuar hasta que un
día u otro se reconozca la profunda injusticia cometida
cuando el 2 de marzo de
1974 el verdugo atornillaba el garrote".
Acaba de recibir de sus abogados,
Sebastián
Martínez Ramos, y Olga de la Cruz, el auto del Tribunal
Supremo que les niega
la autorización para pedir la revisión de la
sentencia del Consejo de Guerra
que el 8 de enero de 1974 condenó a muerte a su hermano
Salvador, el penúltimo
ejecutado a garrote vil del franquismo. Tenía 25
años. Agonizó durante 20
minutos. "Hemos tenido que aprender a esperar, a digerir las malas
noticias y a no alegrarnos demasiado cuando las cosas pintan mejor",
relata Carmen con el auto en la mano. "Iremos al Constitucional",
asegura Martínez Ramos.
El abogado trata de reconfortarla
leyéndole los dos votos particulares
discrepantes de dos de los cinco magistrados de la sala de lo militar
del
Supremo: "Salvador Puig Antich no tuvo un proceso justo. El valor
justicia
hubiese exigido una respuesta distinta", declara Ángel
Juanes Peces.
"En mi opinión todas las irregularidades parecen tener una
misma
finalidad: atribuirle los disparos que causaron la muerte del
subinspector
Anguas e impedir que se descubriera que éste
recibió disparos de otras
armas", afirma el otro magistrado José Luis Calvo.
"Al principio estábamos
muy solas", relata Carmen Puig.
"A veces nos llegaban cartas de ánimo de personas que
decían que estaban
con nosotros, pero que ocultaban su nombre. La gente tenía
miedo. Estoy
convencida de que si Salvador hubiese pertenecido a algún
partido hoy no
estaría muerto. Habrían peleado por
él; pero era un anarquista y no lo
reclamaba nadie", añade. "El juicio fue una
auténtica farsa, continúa
Carmen. "Oriol nunca se recuperó de aquella injusticia. El
día que
ejecutaron a Salvador, se le acabó la vida, se
hundió por la impotencia. Sé que
cuando Oriol se estaba muriendo, le dijo a Caminal que siguiera
adelante. Que
no lo dejara pasar".
Carmen se refiere a Oriol Arau y
Francesc Caminal, el despacho de dos
jóvenes abogados de Barcelona, a los que acudió
precipitadamente aquel 26 de
septiembre de 1973 que su hermano Salvador ocupaba las portadas de
todos los
periódicos. Ambos intentaron que le conmutaran la condena,
que fue ratificada
por el Consejo Superior de Justicia Militar el 11 de febrero de 1974,
poco más
de siete semanas después de que ETA asesinara al presidente
Luis Carrero
Blanco. "Aquello volvió a ser otra farsa de uniformes
militares. Recuerdo
que a los jueces se les caían los papeles de las manos
porque se dormían",
asegura Carmen.
Oriol falleció hace 15
años sin haber superado el trauma de la
ejecución de su defendido. Caminal solicitó en
1994 la revisión de la
sentencia, que fue denegada, y sigue apoyando el caso. El despacho
Martínez
Ramos- de la Cruz representa desde 2002 a las hermanas de Salvador.
Quieren que
se revise la condena para demostrar que no está probado que
fueran los disparos
de Puig Antich los que acabaron con la vida de Anguas en aquel "nutrido
tiroteo", según el atestado policial, el 25 de septiembre de
1973 en los
seis metros cuadrados del portal n.º 70 de la calle Girona de
Barcelona.
Para ello se apoyan en una prueba
que no era viable en el momento del
juicio, una infografía por ordenador que reconstruye el
tiroteo en tres
dimensiones y en la que los dos peritos concluyen que se produjeron al
menos
cinco impactos de bala sobre Anguas desde distintos puntos del reducido
espacio
durante el forcejeo entre los cinco agentes y Puig Antich. La pistola
de
Salvador, con capacidad para ocho proyectiles, conservaba tres en el
cargador y
otro en la recámara. Los peritos mantienen que no se puede
demostrar de qué
pistola o pistolas salieron las balas que provocaron la muerte del
subinspector. Las armas de los agentes nunca se pusieron a
disposición del
tribunal.
La autopsia de Anguas
sólo recoge tres impactos de bala, pero los dos
médicos que estaban de guardia en el hospital
clínico de Barcelona y recibieron
el cuerpo, Ramón Barjau y Joaquín Latorre,
insisten en su declaración ante el
Supremo que está "cosido a balazos" y que tenía
al menos cinco
impactos. En el Consejo de Guerra de 1974 el tribunal militar no les
permitió
declarar.
Martínez Ramos enumera
una vez más, en su despacho de Barcelona, las
irregularidades del proceso. Lo ha hecho muchas veces ante distintos
públicos,
pero su tono de voz se va elevando más y más,
intacta, a pesar de la costumbre
de repetirlo, su capacidad de indignarse:
"Salvador declaró sin
presencia de abogado a las 72 horas de que
le extrajeran una bala de la mandíbula, sin abogado. La sede
del Instituto
Anatómico Forense estaba en el mismo hospital
clínico donde Anguas llegó
cadáver, pero el jefe superior de policía de
Barcelona, inexplicablemente,
solicitó ¡el traslado del cuerpo a una
comisaría de policía para hacerle la
autopsia! No se lo llevaron a la comisaría para velarlo. Las
balas que le
extrajeron desaparecieron".
Carmen Puig mira a su abogado
mientras se indigna. "Una vez,
después de mucho tiempo, le pregunté a Carmen por
qué nunca me había preguntado
si podrían acceder a una indemnización en el caso
de Salvador. Me respondió que
ni siquiera se lo habían planteado", afirma
Martínez Ramos. "No
hacemos esto por dinero, sino por respeto a su dignidad", concluye
Carmen.
"Sencillamente, no podemos sacarnos de la cabeza aquellas 12 horas
esperando a su lado a que lo ejecutaran".
Natalia Junquera (Barcelona)
(El País, 01-08-07)
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