estelnegre | 06 Octubre, 2010 14:36
La CNT
agrupó tras su bandera
rojinegra a cientos de miles de españoles. Tanto por su
eficacia como sindicato
que mejoraba la vida de los trabajadores como por su sueño
de un mundo sin
dioses ni amos
Se cumplen
ahora 100 años de la
fundación de la Confederación Nacional del
Trabajo (CNT). Cuatro décadas antes,
en noviembre de 1868, el italiano Giuseppe Fanelli, enviado por
Mijaíl Bakunin,
había llegado a España para organizar los
primeros núcleos de la Asociación
Internacional de Trabajadores. Comenzó así una
historia de frenética actividad
propagandística, cultural y educativa; de terrorismo y de
violencia; de huelgas
e insurrecciones; de revoluciones abortadas y sueños
igualitarios.
Desde
Fanelli hasta el exilio de
miles de militantes en los primeros meses de 1939, el anarquismo
arrastró tras
su bandera roja y negra a sectores populares diversos y muy amplios.
Sin ellos,
nunca hubiera llegado a ser un movimiento de masas, se hubiera quedado
en una
ideología útil para individualidades rebeldes,
muy revolucionaria pero frágil,
arrinconada por el crecimiento socialista y relegada a la violencia
verbal.
No ha
pasado inadvertida esa
presencia anarquista. Su leyenda de honradez, sacrificio y combate fue
cultivada durante décadas por sus seguidores. Sus enemigos,
a derecha e
izquierda, siempre resaltaron la afición de los anarquistas
a arrojar la bomba
y empuñar el revólver. Son, sin duda,
imágenes exageradas a las que tampoco
hemos escapado los historiadores que tan a menudo nos alimentamos de
esas
fuentes, apologéticas o injuriosas, sin medias tintas.
Imágenes que anticiparon
Juan Díaz del Moral o Gerald Brenan y que se han hecho
también con un
importante hueco en la literatura, con La bodega,
de Vicente Blasco
Ibáñez; Aurora Roja, de
Pío Baroja; La verdad sobre el caso Savolta,
de Eduardo Mendoza o, más reciente, La hija del
caníbal, de Rosa
Montero. Una veta, en fin, explotada por el cine, por Ken Loach y su Tierra
y Libertad o Vicente Aranda en Libertarias.
Hace ya
tiempo que José Álvarez
Junco identificó las dos corrientes doctrinales de las que
bebía el movimiento
anarquista: el individualismo liberal y el comunitarismo socialista,
una
dualidad muy difícil de equilibrar en la práctica
pese a todas sus llamadas a
la armonía natural. El anarquismo parecía de
entrada una utopía derivada de la
filosofía optimista de la Ilustración, que
mantuvo, como hijo del mismo tiempo
que era, estrechas conexiones con las conspiraciones y sociedades
secretas de
tipo democrático radical, con el federalismo y con la
fraseología
romántico-populista. Pero, al mismo tiempo, iba mucho
más lejos de lo
proyectado por el racionalismo liberal y el republicanismo, con su
pretensión
de abolir el Estado, colectivizar los medios de producción
y, sobre todo, con
su antipoliticismo, la verdadera seña de identidad del
movimiento, el rasgo que
marcó la ruptura con sus sucesivos compañeros de
viaje, desde los federales a
los socialistas, pasando por los republicanos.
El
anarquismo que triunfó en
España en las primeras décadas del siglo XX,
justo cuando desaparecía del resto
del mundo, fue el "comunitario", el "solidario",
estrechamente unido al sindicalismo revolucionario, que confiaba en las
masas
populares para llevar a buen puerto la revolución. Al
servicio de esa causa se
fundaron círculos y tertulias, ateneos obreros, escuelas
laicas y
racionalistas. Desde el primer momento, le acompañaron en su
desarrollo
numerosas publicaciones que, en su labor
ideológico-cultural, criticaron al
capitalismo y a las clases dominantes, incitaron a la lucha social y
contribuyeron a gestar una red cultural alternativa, proletaria, "de
base
colectiva".
"Creo que
nos hacen falta
dos organizaciones, una abierta, amplia, funcionando a la luz del
día; la otra
secreta, de acción", había escrito Piotr
Kropotkin, uno de los padres del
anarquismo, en 1881. La propuesta, que reflejaba el acoso al que la
policía y
las fuerzas del orden sometían a los anarquistas en los
diferentes países,
resultó profética porque por esos dos caminos
tácticos transitó el movimiento
durante toda su historia, envuelto siempre en una doble
organización: una de
tipo asociativo, sindical, que federaría a las sociedades
obreras alrededor de
objetivos reivindicativos; y otra de tipo ideológico, que
agruparía a los más
"conscientes", centrada en la propaganda doctrinal y cuidando siempre
de las desviaciones reformistas en el movimiento sindical. La
Federación
Anarquista Ibérica, creada en 1927, y su relación
con el sindicalismo de la CNT
en los años de la Segunda República constituye el
mejor ejemplo de esa
dualidad.
Cuando
llegó la República, el 14
de abril de 1931, la CNT apenas tenía 20 años de
historia. Aunque muchos
identificaban a esa organización con la violencia y el
terrorismo, en realidad
eso no era lo más significativo ni lo más
sorprendente de su corta historia. El
mito y realidad de la CNT, el único sindicalismo
revolucionario y anarquista
que quedaba ya en Europa, se había forjado por otros
caminos, por el de las
luchas obreras y campesinas, un sindicalismo eficaz que ganaba
conflictos a
patronos intransigentes con los trabajadores. La CNT
desarrolló sus lenguajes
de clases y sueños revolucionarios en la prensa, en los
talleres y fábricas, en
las calles. Así, a través del adoctrinamiento y
de las reivindicaciones
laborales, quedó sellada su definición
ideológica, su impronta antipolítica y
antiestatal, su sindicalismo de acción directa,
independiente de los partidos
políticos, llamado a transformar la sociedad con la
revolución.
El golpe de
Estado de julio de
1936 cambió bruscamente ese rumbo. La guerra civil que
siguió a esa sublevación
impuso una lógica militar y frente a ella el sindicalismo de
protesta y la
clásica crítica al poder político
quedaron inservibles. Un golpe de Estado
contrarrevolucionario, que intentaba frenar la revolución,
acabó finalmente
desencadenándola. Muchos anarquistas vieron entonces sus
sueños cumplidos. Duró
poco, pero esos meses del verano y otoño de 1936 fueron lo
más parecido a lo
que ellos creían que era la revolución y la
economía colectivizada. Poco
importaba que la revolución se llevara por medio a miles de
personas,
"excesos inevitables", "explosión de las iras concentradas y
de
la ruptura de cadenas", en palabras de Diego Abad de
Santillán. La
necesaria destrucción de ese orden caduco era para ellos
algo insignificante,
comparada con la "reconstrucción económica y
social" que se emprendió
en julio de 1936, sin precedentes en la historia mundial. Esa es la
imagen
feliz del paraíso terrenal que transmitió la
literatura anarquista, las
declaraciones de Buenaventura Durruti a los corresponsales extranjeros,
o la
prensa que podían leer los obreros de Barcelona y los
milicianos en el frente
de Aragón.
Metidos en
la revolución, en la
guerra y en la persecución del contrario, los anarquistas
vivieron su edad de
oro, corta edad de oro. Extendieron una compleja red de
comités revolucionarios
por todo el territorio republicano. Colectivizaron tierras y
fábricas. Crearon
milicias. Participaron en el gobierno de la Generalitat y en el de la
República. Y hasta que la revolución se
congeló, soñaron despiertos con un
mundo sin clases, sin partidos, sin Estado. Los que sobrevivieron la
dura
represión franquista tras la derrota se fueron a la tumba
recordando aquella
revolución popular, sin amos ni autoridad.
Las
cárceles, las ejecuciones y
el exilio metieron al anarquismo en un túnel del que ya no
volvería a salir.
Sus militantes resistieron en la clandestinidad, protagonizaron
diversas escaramuzas
en la guerrilla y asomaron sus cabezas en algunos conflictos. Muchos de
ellos
se enrolaron en la resistencia francesa contra el nazismo, pensando que
aquella
era todavía su guerra, la que acabaría con todos
los tiranos. Pero murieron
Hitler y Mussolini, las potencias del Eje fueron derrotadas y Franco
siguió. El
anarquismo no pudo ya respirar. La guerra y la dictadura lo
destruyeron. Los
cambios que se produjeron desde los años sesenta, con la
modernización y el
desarrollo, le impidieron echar de nuevo raíces.
No fue solo
un fenómeno español,
pero el anarquismo acabó identificado con la historia de
España de la primera
mitad del siglo XX, como se han encargado de recordar decenas de
testimonios,
documentales, libros, novelas y películas que han mantenido
la llama encendida
frente a todos sus detractores. Así de solemne, compleja y
contradictoria
resulta su historia.
Julián Casanova
es coordinador
de Tierra y Libertad. Cien años de anarquismo en
España (Crítica)
El País, 06-10-10
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