estelnegre | 31 Agost, 2010 14:18
El golpe de Estado
franquista de 1936 y la Guerra Civil me pillaron viviendo solo en
Barcelona. Mi
familia, desde Canarias, me costeaba mis estudios mercantiles, pero la
guerra
cortó de raíz estas ayudas. Con 19
años, sin casa y sin dinero, algunos amigos
me sugirieron que intentara entrar en los Boy Scouts de
Cataluña, que habían
ampliado sus actividades auxiliares surgidas de la propia Guerra Civil.
Disponían,
además, de un cuartel propio en la calle Lledó. A
principios de 1937 me
admitieron y vistiendo un hermoso uniforme fui encargado de la limpieza
(cap
d'escombres) de nuestro local, donde yo tenía cama
y comida.
Pero ya en aquel
mes
de abril de 1937, las tensiones entre las llamadas «patrullas
de control» y las
autoridades del Gobierno central y el de Cataluña alcanzaron
un punto
peligroso. Estos grupos armados dependían de varias
organizaciones políticas
(CNT, FAI, PSUC y POUM) que tenían tropas en el frente.
Poseían sus propios
cuarteles, su armamento y sus patrullas callejeras que más
que mantener el
orden público lo que hacían eran detenciones
ilegales y ejecuciones sumarias de
«fascistas». Esta justicia popular en la que se
unían la incompetencia, el
robo, las venganzas personales y la resistencia a todo tipo de
autoridad legal
chocaban, naturalmente, con las intenciones de la Generalitat y del
Gobierno de
la República de volver a tener bajo control a la
policía y al Ejército.
En los días que precedieron
al Primero de Mayo se produjeron diversos atentados contra formaciones,
tanto
radicales como moderadas. En el frente de Aragón, los
milicianos comenzaron a
enterarse de los planes del Gobierno y de la Generalitat para encuadrar
a las
milicias, siempre anárquicas, en un Ejército de
la República. El Partido
Comunista, que había incrementado velozmente el
número de militantes y su
influencia política, aprobaba el proyecto de un
Ejército Popular, pero casi
todos los combatientes de las columnas anarquistas o del POUM se
oponían
frontalmente a la disciplina militar.
Las cosas se
complicaron y los ánimos se enardecieron. Se
empezó a detectar que muchos
milicianos abandonaban sus posiciones en el frente y se
dirigían a Barcelona.
El lema anarquista era: «Primero la revolución;
después la guerra». Exactamente
el contrario del Partido Comunista. Las hostilidades se iniciaron en la
tarde
del 2 de mayo y casualmente yo estaba en ese momento y en el lugar del
primer
choque. Cruzando la plaza de Cataluña vi en las puertas del
edificio de
Telefónica a un grupo de guardias de asalto y de anarquistas
discutiendo más
que acaloradamente. La Generalitat había querido hacerse
cargo de los servicios
telefónicos, incautados desde el principio de la guerra por
la CNT-FAI.
Miembros de esta formación se habían replegado
hacia los pisos altos y se
habían atrincherado. Cuando me dirigía hacia
nuestro local de la calle Lledó,
empecé a ver el levantamiento de las primeras barricadas.
Milicianos de mono
azul, pañuelo rojo y pistolón al cinto se
apresuraban a construir parapetos con
los adoquines de las calles del casco viejo de Barcelona.
En nuestro cuartel,
donde estaba nuestro jefe y algunos boy scouts se
habló de enviar a dos
de los nuestros a la gran caseta de madera que poseíamos en
la calle Pelayo,
donde se recibían los paquetes de comida de
Cataluña y Francia para los
combatientes. Un amigo y yo nos ofrecimos voluntarios para pernoctar en
la
caseta y defenderla. Cuando llegó la noche, todo
parecía haber vuelto a la
normalidad. Sin embargo, a la mañana siguiente, la ciudad se
llenó de bombazos
y de tableteos de ametralladoras y las calles se despoblaron al
instante.
Una de las noches en
la que arreciaron las explosiones, mi compañero y yo nos
llevamos unas
colchonetas a la entrada del hotel Regina, que estaba al lado de la
caseta, y
dormimos en el suelo del vestíbulo. Hasta entonces no
sabíamos que, además de
las batallas callejeras, existía otra en las ondas. Aquella
noche escuchamos
patéticas llamadas a la cordura, promesas y juramentos
lanzados desde la
Generalitat.
Terminada aquella
segunda Semana Trágica, me enviaron para
ayudar a los médicos del
hospital Clínico en su tarea de identificación de
cadáveres recogidos en las
calles. Más de un centenar se alineaban en una enorme sala.
Fue un triste
espectáculo contemplar el trágico fin de aquellos
revolucionarios, desde viejos
a jóvenes como yo, que habían perdido sus vidas
en una más de aquellas guerras,
que, pequeñas o grandes, suelen ser siempre
inútiles.
El Gobierno envió a
Barcelona 5.000 guardias de asalto. Los fui viendo llegar con sus
abrigos
oscuros y sus fusiles con raras bayonetas, familiares porque
aparecían en las
películas rusas de la época. Se acabó
imponiendo la paz y solo en parte se
evitó que las represalias pedidas por los
políticos del PCE contra los
anarquistas y, en especial, contra el POUM, añadieran
más sangre a aquella
aventura bélica. Sin embargo, Andrés Nin, cabeza
de este partido, fue
torturado, asesinado y hecho desaparecer por elementos más o
menos
incontrolados de los comunistas, dirigidos desde Moscú. En
Barcelona, debajo de
las pintadas que clamaban: «¿Dónde
está Nin?», supuestos comunistas
escribían
debajo: «En Salamanca o en Berlín».
Afortunadamente, el
Primero de Mayo es hoy una celebración de trabajadores,
exenta de violencia.
Como decía Javier Moreno en El País
del 14 de marzo, no es ocioso recordar la
cita de Simón Peres: «La guerra es un error que
produce errores», cita que
deberían llevar como divisa los mandatarios de nuestro
mundo.
Ricardo Lezcano
(El País, 31-08-10)
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