estelnegre | 02 Abril, 2008 14:47
Aquel Mayo francés,
que prometió una revolución, la de
los hijos de la sociedad opulenta, fue permeando en muchos
comportamientos.
Según el relato de Vila-Matas, es de lo poco que
quedará, en un futuro lejano,
de un pasado confuso. Para Fernando Vallespín, aquella
emancipación de las
pasiones ha terminado en un mero hiperconsumo, ahora globalizado. La
rebelión
sigue pendiente.
***
En el museo
Yo le llamo mi Rey.
Nadie me ha dado el permiso
correspondiente, pero yo estoy enamorada en secreto. Más
alto que los otros,
camina mi Rey, camina ese hombre, al que yo veo siempre algo lejano de
los
mortales. Es una persona diferente a todas. Es
–cómo diría yo– lo
más parecido
que hay a un rey, suponiendo que hubieran existido esas figuras del
Poder que,
si hemos de creer a nuestros historiadores, caminaron por el mundo
durante
siglos hasta extinguirse a finales del XXII. Camina mi adorado Rey tan
erguido
que no creo que haya reparado en mí, tan floja y absurda y
tan enana. Un día
por semana, entro en el Museo Kcic, donde trabaja de guía. Y
voy a las salas
donde mi enamorado reina. Y allí escucho cómo
cuenta a los visitantes qué fue
la cultura francesa.
Se nota por su misma
forma de hablar que sabe perfectamente
que es muy incierto lo que conocemos de esa civilización de
la Antigüedad y que
es tan escasa la información que nos ha llegado que nos
resulta difícil hacer
la reconstrucción de esa cultura, y que lo mismo sucede con
las otras
civilizaciones que exhiben en las salas del Kcic: las culturas china,
etrusca,
papú y bostoniana. Es un museo adorable el Kcic, eso nadie
lo discute. Pero de
una imperfección grandiosa. Porque a nadie se le escapa que
antes del gran
Colapso Mundial, del que pronto se cumplirán cinco siglos,
hubo una infinidad
de civilizaciones y desde luego fueron muchas más de cinco.
Y el problema
estriba en que no quedó nada de ellas, salvo los restos de
estas cinco, con las
que ahora nos apañamos como podemos. Pero son insuficientes
a todas luces para
saber algo del pasado y, además, para colmo, los supuestos
restos de esas cinco
civilizaciones no está claro que pertenecieran precisamente
a ellas, hay serias
dudas acerca de la rigurosidad de las clasificaciones y
catálogos realizados
por nuestros frívolos y oportunistas sabios de la
última generación. Por poner
un solo ejemplo, los látigos de cuero que mi apuesto y
adorado Rey presenta
como iconos máximos de la cultura francesa no acabo de creer
que pertenecieran
a esa civilización, mientras que en cambio esas botellas de champagne
que aparecen catalogadas dentro
del muestrario de la “profunda tradición religiosa
china” yo diría que más bien
pudieron pertenecer a la cultura francesa, ya que no me parece casual
que la
palabra champagne aparezca
reiteradamente en los tres únicos libros –los tres
de la abadesa Françoise
Sagan– que se han podido conservar de la cultura francesa.
Un día por
semana, me dejo caer por el Kcic y espío cómo mi
Rey enseña los restos de la civilización francesa
y cómo trata de resumir en veinte
minutos a los visitantes del día todo lo que sabe
–bien poco– de esa remota
cultura. El espectáculo sería
patético, si no fuera porque mi adorado Rey no
tiene culpa alguna de contar con tan escaso material para sus
cábalas
históricas. Y, además, quiero creer que es
consciente de su ignorancia. Le
espío un día por semana y me parece verle sufrir
particularmente cuando muestra
ese cuadro del pintor Vermeer que representa el interior de una casa de
Cadakés, legendaria ciudad situada en la costa sur francesa,
en cuyo puerto,
Port Lligat, parece ser que había una de las siete
maravillas de la Humanidad,
la estatua de un estudiante con el puño en alto, una estatua
erigida para
celebrar la revolución del Mayo francés. Pero,
¿qué clase de revolución pudo
ser esa? Mi Rey no lo sabe, no lo sabe nadie. Y un estudiante con un
puño en
alto a nosotros no nos indica más que eso: que un estudiante
llevaba el puño en
alto. Y eso es todo. Todo tipo de especulaciones que se han hecho en
torno a la
revolución y al puño han sido hasta ahora
sólo eso, meras especulaciones. Me
temo que nunca se sabrá qué fue Mayo del 68 y si
esa revolución pertenece a la
cultura francesa o bien –como sospechan algunos– a
la civilización china.
Pero es que para
colmo no se sabe si realmente existió esa
estatua del estudiante –Hércules C. Bendit, su
supuesto nombre– del puño en
alto. Y a mi Rey, además, se le nota que no está
nada convencido de que hubiera
existido esa estatua y aún menos del dibujo
electro-distóxico que han hecho de
ella para dar verosimilitud a la fabulación.
¿Contra que se rebelaron
estudiantes en ese Mayo francés que parece vertebrar toda la
cultura de esa
civilización antigua, suponiendo que ese mayo pertenezca a
la cultura francesa?
¿Quiénes eran los estudiantes apelli - dados
Renault, Cleon, Flins, Platón,
Sócrates, Heráclito, Le Mans y Boulogne
Billancourt? ¿Y por qué destacaron por
encima de todos los otros estudiantes? ¿Qué
hicieron? ¿Cuál son sus conexiones
con la civilización de Papúa?
¿Llegaron alguna vez a ser lo mismo Papúa y
Francia? ¿Tuvo en realidad el Mayo del 68 lugar en
Papúa? Preguntas que nunca
resolveremos, pues nos movemos en la oscuridad más hiriente.
Pero mi Rey no pierde
nunca la compostura ni la dignidad y
muestra cada día su ignorancia de guía con una
serenidad y resignación
admirables. Es mi hombre. Yo estoy enamorada de él. Mantiene
como nadie el tipo
y da diez veces al día su versión de la historia
de la cultura francesa y cita
siempre, impertérrito, los nombres de los sucesivos
gobernadores del flanco de
Action, al sur de Perpignan: De Gaulle, Nanterre, François
Mauriac.
La inseguridad de mi
pobre Rey es lo que más me enamora. Me
encanta muy especialmente cuando muestra esa fotografía del
viejo Parque
Natural de Sarkozy y, por primera y única vez en su
exposición pública, se
permite dudar de lo que explica y tímidamente sugiere que
tal vez, en lugar de
un parque francés, esté en realidad mostrando un
fragmento de la Muralla China,
otra de las supuestas siete maravillas del mundo de nuestra
Antigüedad tan
dolorosamente perdida. Precisamente porque mi Rey sufre por su
ignorancia, yo
confirmo mi amor por él semana tras semana. Y vivo con la
esperanza de que un
día se dé cuenta de que le quiero, y entonces me
diga algo, qué sé yo, que me
pregunte, por ejemplo si sé qué fue el Mayo
francés. Que me hable, aunque sólo
sea para darme alguna de esas informaciones que el pobre maneja y que
seguro
que están equivocadas. Que me diga cualquier palabra que yo
pueda interpretar
como una palabra de amor. Que me diga la palabra mayo, por ejemplo. Eso
sólo ya
bastaría.
Enrique
Vila-Matas
(FP,
abril-maig 2008)
***
De la rebelión al consumo
Niños
de papá tocados por la gracia” fue la certera
expresión que le
vino a la mente a Raymond Aron al contemplar a los protagonistas de una
de
tantas algaradas callejeras en el París de Mayo del 68. A
pesar de que estos
estudiantes pronto consiguieran sumar a los sindicatos a su peculiar
lucha, lo
cierto es que Aron no erraba. La revuelta cuyas imágenes
darían en seguida la
vuelta al mundo y pondrían en jaque a toda la Francia de De
Gaulle había
surgido, en efecto, de grupúsculos de estudiantes que, como
casi todos los de
entonces, pertenecían a la burguesía tradicional
o a otros grupos en pleno
ascenso social en la satisfecha Europa del acelerado crecimiento
económico de
posguerra. Paradójicamente, los beneficiarios aparentes de
este nuevo orden se
rebelaban frente a él en nombre de un ambiguo proyecto de
nuevo cuño.
Siempre
quiso verse en ellos a meros estudiantes de izquierda,
contestatarios frente al poder y solidarios con movimientos como los de
la
guerra de Vietnam y el nuevo colonialismo en el Tercer Mundo. Nada que,
en
apariencia, los hiciera muy diferentes de otros muchos
jóvenes revolucionarios
salidos de la matriz marxista. Había algo en ellos, sin
embargo, que los unía a
otros muchos grupos que por esas mismas fechas se manifestaban en otros
lugares
del mundo desarrollado y que ya no encajaba en los movimientos
marxistas
tradicionales o en la izquierda radical al uso. Qué fuera
ese algo es
lo que nunca ha sido
explicado de una manera contundente. Del mismo modo que esta
revolución
encontró en seguida su Thermidor y quedó como un
bello estallido utópico
preñado de ingeniosos eslóganes y de una bella
épica anti autoritaria, el
discurso y las condiciones de fondo que lo originaron han quedado
también
sepultadas bajo el peso de la evolución política
de las democracias avanzadas.
Lo pintoresco y novedoso del movimiento acabaría
predominando sobre su
influencia efectiva.
Es curioso
que a la celebración de los 40 años de la
rebelión
estudiantil de Mayo del 68 se una el 50º aniversario de la
publicación de La
sociedad opulenta, de
Kenneth Galbraith. Son dos acontecimientos que, en principio, no tienen
una
relación demasiado directa. Sólo en principio. Si
profundizamos un poco, en
seguida percibimos que el dibujo que en aquel libro nos
hacía el economista
canadiense conformaba el paisaje de fondo que acabaría por
dotar de sentido a
la fascinante revuelta parisina. No en vano, el mensaje fundamental del
libro
de Galbraith fue el haber alertado del error de considerar el
crecimiento
económico como un fin en sí mismo y como el
núcleo de las políticas económicas,
sin atender a otros factores más extensos. Si nos dejamos
llevar, decía, por
este mito de la “sabiduría
convencional”, perderemos de vista muchas de las
importantes consecuencias no de sea - das de esta ciega confianza en el
crecimiento económico, como el deterioro del medio ambiente,
el aumento de la
desigualdad y la obsesión por un irresponsable hiperconsumo.
De ahí que, para
Galbraith, sólo fortaleciendo al raquítico Estado
frente a una sociedad
autorregulada en torno a un ethos
puramente economicista sería posible
recobrar el timón del cambio
social para dirigirla hacia objetivos más humanos y
más pendientes de la
verdadera autorrealización del individuo.
Galbraith,
a quien la revista Time
le dedicaría la portada
–¡precisamente en 1968!–
bajo el título de ‘El gran mogol’, supo
anticipar con claridad lo que después
preocuparía a los hijos más inquietos de esa
sociedad opulenta. En un perfecto
juego dialéctico propio del más dilecto marxista,
la condición objetiva
necesaria de la rebelión de mayo fue el asentamiento de la
sociedad opulenta,
la sociedad del crecimiento económico ilimitado y el consumo
de masas. Una
nueva sociedad que, sin embargo, llevaba su antítesis, sus
contradicciones,
gravadas en sus genes. Aunque éstas sólo
empezaran a ser perceptibles a través
de la mirada y los sentimientos de esos nuevos jóvenes.
Lo que los
sesentayochistas empezaron a intuir eran los límites de las
condiciones en las que se organizaba el sistema. Sus promesas de mayor
justicia
y libertad chocaban con su experimentación de una realidad
bien alejada de esos
ideales, hipócrita y tozudamente autolegitimada en su
superioridad frente al
gran adversario socialista oriental. De ahí que su
crítica fuera directa a la
yugular del orden tardocapitalista, su casi exclusiva
justificación a partir
del bienestar económico. Y que se negaran a aceptar lo dado
como lo único
posible –“seamos realistas, pidamos lo
imposible”.
Frente al
crecimiento puramente cuantitativo y el despilfarro, y ésta
es
otra idea del economista canadiense, reclamaron una nueva e
imprescindible
valoración de los elementos cualitativos que nos son negados
por un sistema
capitalista única- mente atento al beneficio y a la
productividad. Fueron,
pues, posmaterialistas sin saberlo, antes de que el
sociólogo Ronald Inglehart
diera con el término y el concepto. Del mismo modo que hoy
los grupos
antiglobalización, con su eslogan de “otro mundo
es posible”, ignoran que en
gran medida son también posmayistas.
Desde
luego, todo este discurso se fue enhebrando a partir de un molde
intelectual marxista al que iban añadiendo nuevos tintes de
gran originalidad.
Es casi seguro que muy pocos de ellos habían
leído a Galbraith. Lo habrían
desechado como un mero reformista. Tampoco está claro que,
contrariamente a sus
correligionarios alemanes, hubieran conocido las provocadoras tesis de
Herbert
Marcuse o las de otros miembros de la Escuela de Frankfurt, aunque
muchas de
éstas encajaran como un guante en sus críticas y
aspiraciones. Puede que, a pesar
de sus farragosos escritos, los frankfurtianos estuvieran
más cerca de la
realidad de lo que muchas veces les hemos reconocido. Porque, en
definitiva,
gran parte de sus reflexiones giraban en torno a la imposibilidad de
reconstruir dignamente el concepto de emancipación en la
nueva sociedad
tardocapitalista. En El
hombre
unidimensional (1964) y otros de sus escritos,
Marcuse había dejado
clara la imposibilidad de acceder a procesos revolucionarios en la
nueva
sociedad opulenta. Sobre todo por la carencia ya de un sujeto
revolucionario
una vez transformado el proletariado en un objeto más de los
supuestos
beneficios consumistas. Sin sujeto revolucionario y, fundamentalmente,
sin
capacidad para imaginar una firme base de oposición al
sistema, éste se reproduce
sin necesidad de tener que recurrir a la represión. Su
capacidad para digerir
cualquier oposición o disidencia revierte luego, a la
postre, en un refuerzo de
las normas sociales dominantes.
Cohn-Bendit
y otros líderes sesentayochistas confiaron, no obstante, en
que una alianza entre clase trabajadora y movimiento estudiantil
sí podría
romper la espina dorsal del sistema capitalista y alumbrar una nueva
sociedad.
El propio Marcuse, en medio de las revueltas estudiantiles que o bien
anticiparon o siguieron a Mayo del 68, llegó a cobrar
esperanzas en la posible
aparición de un nuevo sujeto revolucionario, constituido
esta vez por
estudiantes e intelectuales. Los acontecimientos posteriores
acabarían por dar
la razón a su diagnóstico inicial. Esto ya lo
sabemos. Lo que quizá más merece
ser destacado de la influencia marcusiana reside ante todo en su
curiosa
combinación de elementos marxistas y freudianos. Como es
sabido, el Freud de El
malestar en la cultura ya
había llamado la atención sobre la inexorabilidad
de establecer dispositivos
represores sobre nuestro patrimonio libidinoso. Parafraseando de forma
casi
literal a Hobbes, había establecido que la vida en sociedad
sólo es posible a
partir de la represión de nuestra líbido, de
nuestras pasiones, mediante
diferentes mecanismos de sublimación. Pero que siempre
habría que saber
establecer un equilibrio entre la represión necesaria y la
superflua. Marcuse
recoge esta distinción para afirmar que en una sociedad como
la nuestra,
tecnológicamente desarrollada, se nos vende como
represión necesaria lo que en
realidad no es sino un mecanismo de legitimación del orden
existente. Bajo las
condiciones objetivas de una sociedad opulenta las posibilidades para
la
libertad y para una vida más plena y libidinosa
están abiertas. El problema no
reside tanto en dichas condiciones cuanto en nuestra propia capacidad
para
tomar conciencia de dicha posibilidad. Y ahí es donde los
mecanismos del
sistema tendrían una asombrosa eficacia, fundamentalmente a
través de una
cultura de masas manipuladora.
No hace
falta decir que esa misma idea es la que, de manera más o
menos
consciente, persiguieron nuestros sorprendentes sesentayochistas. Su objetivo
era reclamar a
la represiva sociedad de sus padres una nueva forma de
liberación que ellos
intuían posible. De ahí que la
liberación política se diera la mano con la
sexual y de costumbres.
Sin palacios de invierno
El objetivo
a batir era la autoridad, una autoridad a la que había que
oponerse
casi por principio para liberar lo soterrado; aquello que ansiamos pero
que se
nos impide imaginar como realizable. El poder que sostiene esa
autoridad
carece, sin embargo, de un Palacio de Invierno que tomar. Lo
característico de
las sociedades modernas complejas, y aquí suenan los ecos de
Adorno y
Horkheimer, es que las promesas emancipadoras de la ciencia y la
tecnología nos
han permitido acceder a un mejor control del mundo, pero han revertido
después
en una nueva forma de poder anónimo e inaprensible. El
desarrollo del proceso
de racionalización moderna no ha acabado de satisfacer
algunos de los atributos
fundamentales de lo humano y su organización en sociedad. Y
puede que los
movimientos sesentayochistas fueran la primera manifestación
explícita de este
fracaso civilizatorio.
Hundidas
las ilusiones en la revolución socialista, los satisfechos
hijos de la sociedad opulenta gritaron al mundo su
insatisfacción, sus
esperanzas por acceder a lo “completamente otro”
(Adorno) que, decían, les era
negado bajo las condiciones actuales. Todavía
sólo tenían a mano el
instrumental de las revueltas de la tradición marxista y un
buen acopio de
textos –¿quién no los
recuerda?– de frankfurtianos, Sartre, toda la
retahíla
del neomarxismo, pero su movimiento apuntaba a algo más
profundamente nuevo.
Fue una especie de fogonazo que en nombre de la revolución
consiguió vacunar a
las sociedades occidentales frente a ella, pero que a la vez no se
disolvió
como el humo de los botes de la policía.
La
rebelión no sería integrada con facilidad. Es
bien cierto que el
movimiento en seguida encontraría su cierre thermidoriano con
las elecciones anticipadas a
la Asamblea Nacional que convocara De Gaulle a finales de junio de ese
mismo
año, y que derivaron en una apoteósica derrota de
la izquierda. Previamente, el
29 de mayo, el movimiento estudiantil ya tuvo que acusar otro golpe
simbólico
importante en la espontánea manifestación en
defensa del orden de la V
República que convocó a cientos de miles de
personas. El espacio estudiantil
por antonomasia, las calles de París, era ocupado ahora en
su contra por
aquellas masas a las que supuestamente habían decidido liberar.
Abandonados por el
Partido Comunista y huérfanos en seguida del inicial apoyo
sindical, la
rebelión se acabaría por disolver como un
azucarillo. Con ello se puso de
manifiesto la solidez del blindaje de las sociedades opulentas frente a
las
veleidades revolucionarias. De la democracia burguesa no se
transitaría ya, ni
en Francia ni en ningún otro lugar, hacia una democracia
popular o a un nuevo
tipo de socialismo. Fin de ciclo también para toda esperanza
en la espontaneidad
revolucionaria neoespartaquista.
Pero
aquellas sociedades no saldrían del todo
incólumes de este
insolente movimiento de rebeldía. Por seguir en Francia, De
Gaulle apenas
conseguiría sobrevivirlo al perder el referéndum
del año siguiente, y el Estado
y la sociedad francesa comenzarían un proceso de reformas
que iban desde un
espectacular aumento de los salarios más bajos hasta una
nueva forma de
gobernar, menos rígida y más abierta a los nuevos
desafíos sociales; menos
susceptible de dejarse someter por el diktat de los
políticos y más propensa a la crítica
y
la deliberación dialógica. Pronto se fue
más o menos consciente de que había
empezado un proceso de renovación de la anquilosada
democracia liberal. A decir
de Luc Ferry, una de las principales consecuencias de Mayo del 68 fue
la
incorporación directa a la vida política de los
jóvenes y las mujeres. En
seguida se unirían a ellos otros grupos hasta entonces
marginales, y los así
llamados nuevos movimientos sociales comenzarían pronto a
sembrar la alarma en
los partidos, que ahora no podían dejar de ser receptivos a
muchas de las
demandas de estos grupos sociales a la búsqueda de su
reconocimiento. Con todo,
puede que éstos no fueran los efectos más
profundos y a largo plazo de la
revuelta. El más hondo y perdurable seguramente tiene que
ver con su rasgo más
acentuado: la desconfianza hacia el poder, hacia toda forma de poder;
su veta
antiautoritaria, en el sentido más amplio de autoridad.
Obsesión 'neocon'
El triunfo
de los sesentayochistas –los franceses y los de otros
lugares– no fue en las calles ni, necesariamente, en la vida
política. Su
impacto se percibió sobre todo en el cuestionamiento radical
de la autoridad
que poco a poco se fue trasladando al ámbito educativo, ya
fuera la familia, la
escuela o la universidad. Seguramente fuera esto lo que Nicolas Sarkozy
tenía
en mente cuando durante pasada la campaña presidencial
hiciera un llamamiento a
“acabar con la herencia del 68”. Éste ha
sido también el principal temor que
desde entonces han manifestado los neoconservadores de todo el mundo
hacia esa
nueva sociedad permisiva.
Pero no
sean optimistas. Esa permisividad que tanto preocupa a los
conservadores tiene los pies de barro. Por decirlo en
términos marcusianos, no
es sino un subterfugio más del sistema para facilitar las
nuevas condiciones
objetivas del capitalismo en ésta su nueva fase. Sin el
hiperconsumo y el
consiguiente impulso interior en los individuos para satisfacer unos
casi
patológicos deseos de compra no sería posible
sostener el nuevo sistema
productivo. No hay “contradicciones culturales del
capitalismo” (Daniel Bell).
La cultura de la permisividad y la ruptura de los controles puritanos
sobre la
libidinosidad no sólo no son un peligro para el nuevo orden
sino su presupuesto
necesario. Y uno no puede dejar de sentir un cierto punto de tristeza
cuando
observa cómo la famosa emancipación de las
pasiones se traduce al final en
términos de una mera capacidad de consumo. Aún
queda una rebelión pendiente,
aunque esta vez es mucho más difícil
señalar el objetivo. En unos momentos en
los que ya ni siquiera creemos en el progreso y el futuro se nos
muestra
cargado de temores, parece como si ya tuviéramos bastante
con conservar lo
existente. ¡Ironías de la historia!
Fernando
Vallespín
(FP,
abril-maig 2008)
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