estelnegre | 21 Agost, 2021 05:05



estelnegre | 20 Agost, 2021 05:57
estelnegre | 19 Agost, 2021 05:01
estelnegre | 18 Agost, 2021 05:14
estelnegre | 17 Agost, 2021 05:18

El
sistema está roto
y perdido, por eso tenéis futuro.
José Luis Sampedro
Primero,
no añoremos el
futuro. Con honestidad reconozcamos que la civilización
occidental capitalista
se encuentra como esos pueblos acorralados por excavadoras que saben
que todo
el tiempo que les queda son 10 ó 15 años a lo
sumo, lo que tarde el progreso
económico en construir la presa que los inundará.
Es una evidencia, para la
gran mayoría de los seres humanos, que esta
civilización acabará antes que sus
propias vidas. La crisis ecológica, energética y
alimentaria a escala global
es, científicamente, inevitable. Si hoy mismo se archiva el
capitalismo y
frenamos en seco nuestros modos de producción y consumo
explotador –quimera
donde las haya– la simple inercia después del
frenazo es más que suficiente,
por ejemplo, para superar las cifras irreversibles en cuanto a crisis
climática. El edificio de la modernidad, progreso y la
globalización no es
indestructible, hace ya décadas que los
sismógrafos registraron el inicio de un
terremoto global que se expande imparable –como le
escuché decir a Carlota
Subirós– a cámara lenta.
Segundo,
el error de nuestra
civilización no ha sido [solo] creer que acumular capital
podría resolver algo
tan complejo como la vida, ni [tan solo] creer que todo lo podemos
controlar y
dominar. Han sido las ansias por correr hacia el futuro las que nos han
hecho
quedarnos sin él. De hecho, ¿cuándo
apareció la idea lineal de presente, pasado
y futuro? Con este relato lineal, además de despreciar el
pasado e ignorar el
presente, se ha impuesto que ‘cambiar’ y
‘avanzar’ equivale siempre a mejorar.
Un relato que nunca debería haber progresado más
aún cuando se avanza en la
dirección equivocada. La estabilidad de la vida, cuyas
normas básicas nunca
cambian, es como una espiral continua donde lo esencial es permanente.
Tercero,
el capitalismo no
nos salvará pero la soberbia tecno-científica
vestida de verde tampoco. El
desarrollo sostenible o el consumo ético son nuevos mitos
que en la encrucijada
actual toman el mismo callejón sin salida. Más
aún, el actual esfuerzo por
transitar urgentemente hacia modelos de energía renovable,
con la invasión de
parques eólicos o solares y coches eléctricos, es
contraproducente. Genera
falsas expectativas y acomodo, cuando es bien sabido que no puede, de
ninguna
manera, reemplazar el actual uso del petróleo. Lo mismo
podemos decir en cuanto
a la nueva revolución de la llamada Agtech o agricultura
climáticamente
inteligente. Las dos transiciones, energía renovable y
agricultura inteligente,
son las últimas nuevas cuchilladas sobre el Planeta, dada su
alta demanda de
materiales y energía para su despliegue y mantenimiento.
Puede resultar
paradójico pero el último árbol del
planeta lo talará un proyecto de energía
sostenible.
Cuarto,
lo preocupante de
soñar un futuro tecnológico maravilloso no es
[solo] su imposibilidad. En la
búsqueda de este sueño, hemos tomado un camino
que, conectados a máquinas, a
realidades virtuales y a mundos digitalizados, nos lleva
también a la extinción
de la Humanidad, de los organismos animales humanos, del humanismo. Por
las
redes corre la publicidad de un banco que dice que trabaja bajo un
nuevo
concepto, “el Humanismo Digital”, corroborando con
este oxímoron donde los haya,
el delirio al que me refiero.
Quinto,
no dudo de la
importancia de luchar contra la ceguera y la conformidad que se nos
quiere
imponer. Ni del entusiasmo y energía que el activismo
genera. Pero, si la
continuidad de esta civilización no llegará desde
las instituciones, ¿qué
activismo tiene sentido? En las antesalas de las cumbres y
negociaciones, en
los despachos alcanzados, han quedado, arrinconadas y llenas de polvo,
muchas
banderas.
Sexto,
cabría preguntarse,
incluso, si no será que, bienintencionadamente, cuando se
aboga “por salvar el
Planeta” se piensa solo en una pequeña parte de la
civilización occidental. En
cualquier caso, obsérvese, asociamos Planeta con
“nosotros” repitiendo el
mantra bíblico de considerar que el planeta Tierra nos
pertenece.
Séptimo,
reconocer también
que las tablas de salvación que se nos proponen llegan tarde
para la mayoría de
seres vivos, humanos y no humanos. Son muchísimas las
víctimas de dicho
terremoto, seres desterrados, asesinados, desposeídos,
violados, exterminados,
extinguidos… Eran los nadies, ahora seremos los todos.
Octavo,
aceptar ya el duelo.
Es entonces, quizás, cuando se movilice salvajemente lo
mejor de nosotras,
solidario y comunitario. Ya se ha talado el último bosque,
plantemos árboles.
Los alimentos ya escasean, volvamos a las huertas. Del activismo,
¿pasaremos a
la acción?
Noveno,
como dice Yuval Noah
Harari, el dominio del Homo sapiens en la Tierra se alcanzó
por la capacidad,
gracias al lenguaje, no solo de transmitir información sobre
la realidad sino
también de transmitir historias sobre aquello que no existe,
inventar la
ficción. Lo imaginario facilitó el sentimiento y
la cohesión de grupo a partir
de creencias compartidas. Hasta tal punto que la
construcción de todas las
civilizaciones se fundamentan en las historias que nos han contado y
que,
colectivamente, hemos dado por válidas. Pero si estos mitos
–como el progreso,
el Homo Deus, la razón económica o la
industrialización de la Naturaleza– se
demuestran perversos, queda clara una cuestión, son
necesarias otras
narrativas. Relatos, fábulas, poesías, donde
poder perdernos por nuevos caminos
porque la ruta señalizada no lleva a ninguna parte. Sin
ninguna expectativa,
simplemente liberar la imaginación con el silencio de la
palabra escrita, como
dice el poeta Joan Margarit, de los cánones impuestos.
Décimo,
que no encontremos
Esperanza no significa que no exista. Decía John Berger que
para construir una
historia se requiere misterio, curiosidad y una respuesta, al menos
parcial.
Entre todas las narrativas que vengan a descentrarnos defiendo el
sendero que
nos acerca hacia lo Salvaje, hacia la Naturaleza, hacia la Casa que,
siendo un
viaje hacia un paisaje anterior, tiene mucho de novedoso. Recuperar o
inventar
epopeyas de sociedades ancladas en lo vivo, a la tierra, como las
sociedades
rurales que con sus paradigmas antisistema (campesinización,
comunidad,
autolimitación, sobriedad...) supieron encontrar el
cómo ser Parte en un Todo.
Un imaginario que las narrativas imperantes han hecho mucho por querer
borrar.
Religiones donde el dios nunca es el ser humano. Canciones de amor a lo
que nos
sostiene. Manuales de instrucciones que rebusquen en los abrevaderos de
la
belleza...
Es
tiempo de crear y
compartir otras narrativas. Suelen hacerse realidad.
(Inspirado
en el Manifiesto
de la Montaña Oscura)
Gustavo
Duch

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