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«Pons Prades», per Sergi Pàmies

estelnegre | 01 Juny, 2007 08:53

«Pons Prades», per Sergi Pàmies

Pons Prades

Cuando era pequeño desarrollé un extraño pánico: asustarme cada vez que alguien llamaba a la puerta. Tenía mis motivos: cabía la posibilidad de que fuera la policía. Para evitar sobresaltos mayores, los familiares acordamos un código de timbre susceptible de ser aplicado por amigos y camaradas. A todos los demás había que interpretarlos por la manera de llamar y adivinar sus intenciones, generalmente buenas. Con el tiempo, aprendí a diferenciar el tímido timbrazo de la señora Claudina, la portera del edificio, y el del dirigente comunista Pere Ardiaca, que pulsaba el timbre siguiendo los principios de la contraseña pero con un plus de sobriedad y disciplina de partido. Una de las personas que de vez en cuando llamaba a aquella puerta era Eduard Pons Prades, que falleció el lunes a los 87 años.

Pons Prades fue una de esas personas que resumen los efectos devastadores de la Guerra Civil y sus dramáticas consecuencias, no sólo por su biografía (que incluye una adolescencia racionalista desde el punto educativo, una juventud de militancia libertaria, una participación en el ejército republicano y más tarde en el francés, combates clandestinos, detenciones y un titánico esfuerzo por recuperar la dignidad cultural perdida y participar en la construcción de la versión histórica de los perdedores), sino porque llamaba al timbre de un modo único, que enseguida te ponía sobre aviso, en guardia. Cuando abrías la puerta, allí estaba él, con sus gafas oscuras, su delgadez, su pelo rizado, su carpeta llena de papeles y una mirada viva, mirando siempre hacia atrás, dando a entender que probablemente le estarían siguiendo o vigilando. ¿Quiénes? Pues los malos de entonces.

Luego se ponía a hablar con mi madre y yo volvía a mis ocupaciones hasta que se marchaba, con los mismos andares nerviosos, apresurados y conspirativos. Pons Prades desprendía una energía peculiar, cargada de referencias a un siglo sangriento, marcado por idealismos como el suyo. No parecía ni un héroe ni una eminencia, ni tenía la labia de los dirigentes, pero transmitía una autenticidad que guardaba relación con su particular colección de enemigos ideológicos. Seguir su discurso resultaba difícil no porque no tuviera claro lo que contaba sino porque su propia biografía pasaba por afluentes, ríos y torrentes que iban constituyendo una red de causas por las que creyó necesario luchar. Ejemplos: alistamiento precoz en el ejército republicano, rematado por una herida de guerra, y, posteriormente, vuelta al combate en forma de resistente contra el nazismo o clandestino exiliado con modales apátridas.

La última vez que le vi, todavía no hace dos años, me citó en un bar de la calle de València y apareció enfundado en un jersey de sindicalista y arrastrando el carro de la compra. Podía parecer que contenía frutas y verduras, pero no: enseguida sonrió, abrió la funda del carro y sacó un libro y un fajo de papeles repletos de anotaciones hechas con bolígrafo azul que se referían a fotocopias adjuntas de documentos pertenecientes a esa memoria por la que tanto hizo y que siempre fue fiel a una de las máximas de Malraux que él mismo incluyó en uno de sus libros: "La guerra de España fue la apoteosis de la fraternidad" (resulta curioso que una tragedia fratricida genere, al mismo tiempo, tanta fraternidad).

Su manera de ser, incansable, le llevaba a desear compartir su entusiasmo o su indignación, a contarte, con esa peculiar tendencia a la digresión, quién era quién y de dónde venía cada cuál. Y, de vez en cuando, conseguía reunir el material y la energía para escribir uno de los muchos libros que nos ha dejado, algunos de ellos dedicados con esa firma ascendente, justo debajo de una de sus máximas: "Con un fraternal abrazo". A veces, llegaba una llamada al contestador, para avisar de una presentación o de un nuevo proyecto, y algunas de esas aventuras culminaban y, de repente, si podías, te encontrabas en algún lugar hablando de Pons Padres ante un público que le respetaba y entre los que, de pronto, localizabas a Loquillo. ¿Loquillo y Pons Prades? Pues sí, era una de esas mezclas que sólo él era capaz de conseguir. La simpatía que generaba no tenía categoría de adhesión, ni siquiera de entusiasmo incondicional por sus documentados libros, que contaron con el respaldo de su esposa Antonina Rodrigo; lo que admirabas de él era su tenacidad, su resistencia a abandonarse, su capacidad para sonreír con una expresión irónica, la luz de esa mirada siempre alerta y la capacidad para alegrarse de los éxitos ajenos (si leía un artículo sobre sus amigos en los muchos periódicos y revistas extranjeras que leía, te los fotocopiaba y te los mandaba, con alguna anotación vigorosa, escrita a mano). Cuando leí que acababa de morir, lo primero que me vino a la memoria fue su manera de llamar a la puerta y cómo, justo después de oírlo, yo apostaba conmigo mismo: "Seguro que es Pons Prades".

Sergi Pàmies

(El País, 01-06-07)

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Josep Maria Sanz, «Loquillo»: Pons Prades, la memòria de la resistència

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Comentaris

  1. Ha fallecido Eduardo Pons Prades

    Ha fallecido a los 86 años EDUARD PONS PRADES, combatiente por la República durante la guerra civil y contra los nazis en Francia, historiador y escritor anarquista.

    Eduardo Pons Prades nació en Barcelona en 1.920. Educado en la escuela Racionalista de Ferrer i Guardia. En 1.937, después de colaborar en el Consejo Económico de la madera socializada (CNT), se alistó en el Ejército Republicano. En 1.937, ingresó en la Escuela Popular de guerra de El Escorial; sargento instructor y miliciano de la cultura, combatió en los frentes del Guadarrama, el Ebro y el Segre. Fue herido en Barcelona, en 1.938.

    Se exilia en Francia en 1.939, y en noviembre de ese mismo año, se alista en el Ejército francés como teniente de ametralladoras del XIII Regimiento de Marcha. Durante los años 1.941 a 1.944 militó en la Resistencia y en los combates para la liberación de Francia, actuando como capitán jefe de una centuria de guerrilleros franco-españoles(estuvo al mando de un destacamento volante de guerrilleros franceses y españoles, en los enfrentamientos de liberación de Aude, contra las tropas alemanas).

    Realizó viajes clandestinos a España (octubre de 1.944 y diciembre de 1.945). Fue detenido el 5 de enero de 1.946, pero logró fugarse tres semanas después. Regresó al país en 1.964.

    Luchador incansable, escritor, guionista, historiador, maestro, gran orador. Su empeño en salvaguardar la memoria de los luchadores antifranquistas es modélico.

    Fue miembro fundador de la editorial Alfaguara.

    Desde 1.973 publica una extensa producción de libros que recuperan la memoria oral y cuentan la historia oculta de los exiliados y los represaliados de la dictadura franquista: "Republicanos Españoles en la II Guerra Mundial", "Morir por la libertad", "Guerrillas Españolas", "Los senderos de la libertad", "Las guerras de los niños republicanos", "Los vencidos y el exilio", "Crónica negra de la transición española", "Años de muerte y esperanza" junto a Agustí Centelles, "Los que sí hicimos la guerra", "Un soldado de la República", "Republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial", "Realidades de la Guerra civil: mitos no, hechos".

    Ha colaborado en diversas revistas y periódicos: Historia y vida, Historia 16, Nueva Historia, El Correo Catalán, El Periódico, El Diario de Barcelona, El Día de Granada, El Correo de Andalucía, El Diario de Córdoba, Insulas, Papeles de Son Armadans, Letras e Indice de Artes.

    Ha participado como guionista en la realización de cortometrajes españoles y franceses. Ha sido miembro activo de la Asociación de Guerrillero españoles y de las tertulias del Ateneo Barcelonés y orador brillante, impartiendo clases y charlas en innumerables lugares.

    En su anterior ingreso en el Hospital de Sant Pau de Barcelona, hace pocas semanas, dio su última conferencia, a médicos y enfermeras del hospital y a un nutrido grupo de amigas sobre la sanidad en la guerra y la evacuación del Hospital, que él mismo dirigió durante el retiro de las tropas republicanas, al final de la guerra, conferencia que realizó de forma soberbia, minuciosamente preparada y expuesta con su inigualable sentido del humor y sus evidentes dotes de maestro (profesión que hubiera querido ejercer, lo que le impidió la guerra civil, como también le impidió una de sus aficiones, bailar).

    Su labor incesante duró hasta sus últimos días, ya que cuatro días antes de su muerte trabajaba y revisaba su último libro, dedicado a Picasso, en su faceta política. Hoy se encuentra en proceso de edición el referido libro, que en breves meses se presentará en público.

    Deja viuda a la escritora e historiadora anarquista/feminista, Antonina Rodrigo (granadina), y a un inmenso grupos de amigas y amigos, de diversas ideologías y tendencias, que lloran su pérdida: la de un gran luchador, un héroe, una gran persona y un ser honesto, que ha dedicado su vida a luchar por los ideales de un mundo nuevo.

    Le daremos el último adiós el 29 de mayo a las 15 horas en Sancho De Ávila, Barcelona.

    La Tira de Papel (CNT-AIT) | 03/06/2007, 04:00
  2. Eduardo Pons Prades, la pasión de vivir, la pasión de luchar

    Eduardo Pons Prades había nacido en Barcelona en 1920, y en las solapas de sus libros nunca se olvidaba de puntualizar que en el "distrito quinto", es decir, en el llamado Barrio chino, lo que constituía una clara reivindicación de sus raíces proletarias y ácratas. En 1937, después de colaborar en el Consejo Económico de la Madera Socializada (CNT), se alistó voluntario en el Ejército republicano; destinado a la Zona Centro, ya sargento instructor de máquinas de acompañamiento, combatió en Madrid, en el Segre y en el Ebro. Herido en Barcelona, en marzo de 1938, durante un bombardeo, en febrero del año siguiente pasó a Francia, y meses después se alistó en el Ejército francés; era una forma de continuar una guerra cuyas batallas iniciales, según la óptica de la época, se habían perdido en España. Luego, a partir de julio de 1942, se unió a las fuerzas de la Resistencia española, en las que, en agosto de 1944 mandó un destacamento volante de guerrilleros franceses y españoles con los que participó en el "rastreo y limpieza" del sector oriental de la región de Carcasona. Tras dos viajes clandestinos a España, en octubre de 1944 y diciembre de 1945, fue detenido en enero de 1946, pero tres semanas después había
    conseguido fugarse.
    Desde Francia no perdió nunca el contacto con España, sobre cuya política menuda estaba a veces mucho mejor informado que los aquí residentes; recuerdo, por ejemplo, que en 1957 -yo contaba entonces 21 años y no tenía ni idea de su existencia- me remitió desde su exilio una copia mecanografiada de un informe, que se suponía secreto, redactado al parecer por Laureano López Rodó, en el que se denunciaba la revista La Jirafa como una de las publicaciones del interior enemigas del Régimen. Regresado a España en 1964, fue uno de los cofundadores de Ediciones Alfaguara, pilotada por Camilo José Cela, pero sólo algunos años después le conocí en persona, de la mano de su mujer, la escritora Antonina Rodrigo; de ambos he sido, a lo largo de los años, editor de algunos de sus libros.

    En febrero de 1975, casi un año antes de la muerte del general Franco, Pons Prades quedó finalista del primer premio Espejo de España con su obra Republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial; era una documentada y apasionada reivindicación de quienes en los inicios de 1939 habían cruzado los Pirineos sin darse por vencidos, que, con el tiempo, se ha convertido en un libro de referencia (la última reedición, si no me equivoco, es de 2003). A partir de ahí Pons Prades se convirtió en un
    investigador prolífico que pudo escribir con un cierto desahogo, y entre sus obras cabe destacar Guerrillas españolas 1936-1960, Las guerras de los niños republicanos 1936-1995 y Los senderos de la libertad. Europa 1936-1945. Colaborador asiduo de diversos diarios y revistas especializadas, su pasión por vivir estuvo indisolublemente unida a su pasión por luchar; cuando en 2003 se publicó Los mitos de la Guerra Civil, de Pío Moa, Pons Prades, a los dos años escasos, replicó con una obra titulada Realidades de la Guerra Civil, que, de manera muy suya, subtituló Mitos, no, ¡hechos!.

    A la hora de su muerte pienso que ni su vida, ni su ejemplo, ni su aportación a la memoria histórica, ni su lucha han sido baldíos, aunque estemos muy lejos de ser dignos, como él confiaba que algún día lo seríamos todos los humanos, de arrancar los frutos maravillosos de los maravillosos árboles que pueblan el maravilloso Jardín de las Hespérides.

    Rafael Borràs Betriu es escritor y editor

    Rafael Borràs Betriu | 03/06/2007, 18:49
  3. Murió el luchador anarquista Eduardo Pons Prades, la memoria del pueblo

    Encuentro muy curioso el que lo que más se haya destacado en las diversas reseñas periodísticas recogidas del 29 de mayo, es que fue fundador de la editorial Alfaguara, precisamente. El hecho no tiene ninguna significación especial en una trayectoria militante que ya existía al estallar la sublevación militar-fascista, y que luego fue ininterrumpida. Nos remiten a un tiempo en el que Eduardo trabajó junto con Camilo José Cela –el verdadero fundador de esta editorial auténticamente liberal para aquellos tiempos-, Pedro Laín Entralgo, Dionisio Ridruejo, así como el poumista Ignacio Iglesias. Sin embargo, el detalle sí resulta indicativo tanto de las innumerables batallas de Eduardo como de su carencia de reflejos doctrinarios y sectarios. Siendo un anarquista de vieja escuela, y admirador entusiasta de la “obra constructiva” de la revolución española sobre la que ofrecía –como con todo- sus propias vivencias y detalles, también fue un republicano en el sentido más pleno de la palabra.

    Semejante sincretismo o amplitud de miras explica que nunca, en ninguna conversación personal, entrevista, artículo o debate, escuché de su boca un reproche con tal o cual corriente política implicada en la defensa de la República. Es más, el único rifirrafe que recuerdo haber tenido con él mientras trabajábamos en las páginas de cultura del lejano Brusi de inicios de los años ochenta, junto con la malograda Dolos Pala, fue con motivo de un artículo mío especialmente crítico con el estalinismo y con Juan Negrín. No obstante, en los últimos tiempos, Eduardo tomó parte con entusiasmo en actos de homenaje a Víctor Alba, a Joaquín Maurín (al que conoció si no recuerdo mal en un pasaje carcelario), en el 70 aniversario del POUM, ya con una actitud más firme sobre esta controvertida cuestión. Siendo libertario, autogestionario, miembro activo de la CNT en los años más duros, en aquellos años cuarenta y cincuenta en el “te jugabas la vida y la libertad”, y de haber participado en los duros debates entre los “fundis” y los “realos” del anarcosindicalismo, nunca le sentí ningún reproche, y eso que, como partidario de Ángel Pestaña, y por lo tanto de la conformación del anarquismo como “partido” (en la línea de Horacio Prieto), lo suyo era tratar de ampliar la resistencia contra el franquismo, de hacer converger el máximo número de oposiciones. Luego, ya se arreglarían las cuentas contra el capitalismo...

    Esta característica de amplitud de miras (siempre con el indudable sello libertario), hace que la obra de Eduardo adquiera un significado diferenciado de otros grandes escritores e historiadores autodidactas surgidos del seno de la CNT, como pudo serlo José Peirats y lo sigue siendo su amigo Abel Paz. Él no fue autor de una escuela, no tenía límites doctrinarios, y si tenía un punto de vista, era el de la izquierda vista desde abajo. Su abc doctrinario fue por lo tanto muy ecléctico; tomaba lo que necesitaba para servir a su entender a una causa mayor que la de la CNT. De ahí que hablara con el mismo afecto de combatientes socialistas, comunistas, poumistas o anarquistas. A lo sumo, se podía leer entre líneas un mayor grado de complicidad, pero había que saberlo. Claro que sus citas procedían de Eliseo Reclús, Ferrer i Guardia –su máximo ídolo: Eduardo fue un historiador y un periodista de la Escuela Moderna—, o Durruti, pero también citaba a Pi i Margall o a Azaña. Esta falta de prejuicio o de rigorismo político fue lo que le llevó a jugar un papel de primera línea en la resistencia francesa, parte de una gesta por la Libertad que las autoridades vecinas serían bastante rácanas en reconocer.

    Y es que cuando llegó la hora de la resistencia, Eduardo era ya un antiguo combatiente. Leyendo algunas de sus cosas, que tan pródigamente publicaba en los setenta en revistas como Tiempo de Historia, Historia y Vida, Historia 16 –en donde aparecieron unas memorias suyas por entregas— o Nueva Historia, uno también se imaginaba que había nacido por lo menos diez años antes. Pero no, Eduardo solamente tenía dieciséis años el 18 de julio, y tuvo que falsificar su documentación para ingresar como voluntario en el ejército republicano. El que Sí que hizo la guerra, y modestamente, como un soldado de la República, como subraya humildemente en dos de sus muchos libros. En este terreno, Eduardo es de la estirpe de Eduardo Guzmán, el gran periodista libertario. Tenía 20 años cuando ingresó en la resistencia, y 25, cuando empezó de nuevo la lucha contra el franquismo con las armas y con la organización. Treinta, cuando cogió la pluma. Tenía una alma de historiador a lo Herodoto; carecía de formación intelectual académica, su universidad fue la lucha, y sus letras, las de la prensa obrera. Pero poseía una memoria portentosa, o quizá, simplemente, sentía una pasión inagotable por lo que había visto. Una pasión que le llevó a no dar cuartel al franquismo, y dudo que haya alguien que pueda competir con Eduardo en las tareas de divulgación de lo que él mismo llamaba “la memoria popular”.

    Su labor en este terreno fue inagotable, no hay más que darse una vuelta por las revistas citadas o por los periódicos de los setenta-ochenta. Luego, todo se hizo muchísimo más cuesta arriba, las nuevas autoridades se crearon una nueva historia oficial –la de la Santa Transición a imitar por todas las dictaduras cuyas autoridades quiesiran reciclarse victoriosamente—, y los temas que había publicado Eduardo pasaron a las editoriales más marginales. Y ahí siguió, hasta que, desde finales de los noventa, comenzó a editar nuevamente. Por medio quedaron muchas cosas, reflexiones mucho más críticas sobre lo que había sido la República y las izquierdas en la guerra, la observación de que, a fin de cuentas, la Segunda Guerra Mundial fue un enfrentamiento entre lo Malo –los Aliados— y lo Peor –el Eje—, aventuras solidarias como la de Nicaragua. Eso sin olvidar algún que otro sueño que sorprendería a los que conocen al Eduardo obrerista, sindicalista, historiador de los de abajo, caminante renqueante con sus piernas zambas que atraviesa grandes espacios del país para conocer todos los rincones y todos los testimonios de nuestras “guerrillas”, o de Francia, su segundo patria, la que le permitió ir tirando, porque “esto de los libros, tú ya sabes”.

    Para mí, amigo y compañero más bien ocasional, esta imagen de Eduardo es indisociable de Antonina, de una casa en la que los libros ocupaban los asientos, de Eddie Pons que también hizo sus pinitos como dibujante en El Diario de Barcelona. La obra de Antonina es personal e intransferible, pero también es cierto que entre ambos había, aparte de una montaña de ternura y un mar de curiosidad social e intelectual, numerosos vasos comunicantes.

    Eduardo ya sería importante con sólo haber sido emblemático símbolo de los soldados de la República y de la CNT, como ejemplo de una trayectoria que mantuvo vivo su amor por la verdad, la justicia y la reparación, que siguió vibrando de dolor y furia al recordar a las mujeres de los maquis (espero que antes de morir haya visto El laberinto del fauno, seguro que disfrutó de lo lindo), o a esos niños de los que nadie hablaba, y sobre los que Eduardo prestó el primer hilo a Montse Armengou para que realizará su imperecedero documental sobre Els nens perduts de la República... El mismo que siguió indignado frente a las tergiversaciones de un Pío Moa, autor al que desmontó en una tarea que ningún derechista le agradecerá, y el mismo que convirtió sus trabajos y sus días en la labor de restituir en toda su plenitud lo que ahora se llama “memoria histórica”. El historiador que un día tire de ese hilo y pase por todos sus momentos –incluyendo ese inmenso osario de Valencia que el PP quiere reservar a una doble especulación, moral y urbanística—, tendrá a su disposición unas páginas testimonio de que tal vez, antes que nadie y más que nadie, hubo un militante con el cabello rizado, el rostro y la nariz afilada, que fue reuniendo datos, entrevistando, escribiendo, hablando...

    Tenemos que volver a hablar de Eduardo Pons Prades, que fue tan nuestro.

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    Pepe Gutiérrez-Álvarez fue militante de la Liga Comunista Revolucionaria y ha publicado muchos libros y artículos sobre la historia del movimiento obrero y sobre crítica de cine. Actualmente es uno de los principales animadores de la Fundació Andreu Nin.

    Pepe Gutiérrez-Álvarez | 04/06/2007, 10:34
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