estelnegre | 17 Juliol, 2007 11:27
Nos dejó un viejo luchador. Un hombre discreto, sencillo, de esos que no dan un nunca su brazo a torcer. Y aún menos si ese brazo defiende valores esenciales, como hizo durante toda su vida Eduardo Pons Prades.
Servidor, siempre que oye hablar de conceptos como "memoria histórica", el primer nombre que le viene a la cabeza es el de Eduardo Pons Prades, militante, periodista y escritor (Barcelona, 1920), que nos dejó a finales del pasado mes de mayo. Eduardo fue un infatigable paladín de la recuperación de la "memoria popular" republicana, y con este título publicó una lista interminable de trabajos, muchos de ellos en las páginas 2-3 del Diario de Barcelona, concretamente en su fase (relativamente) autogestionaria, desde el equipo de "Cultura" en el que formaban parte también la inolvidable Dolors Palau, el crítico de arte Iglesias Maquet, y yo mismo. Raro era el día en que Eduardo no traía algún "gran tema" debajo del brazo, historias sobre las que aportaba sus propios detalles, y que abarcaba todos los colores del republicanismo y del antifranquismo.
Criado en el distrito V de Barcelona, de familia de tradición libertaria, Eduardo fue un muchacho de la República. Educado en las "escuelas modernas", se hizo hombre tomando las armas contra el fascismo y viviendo intensamente la obra constructiva de la revolución española de la que hablaba siempre con entusiasmo. Estrechamente vinculado con el movimiento libertario durante muchos años, muy influenciado por la tradición pestañista, ligó una cosa y otra con una perspectiva de defensa integral de la República que veía como algo que estaba más allá de las diversas opciones políticas. Militó en el anarcosindicalismo desde muy joven. Su currículum militante es impresionante: fue estafeta de los obreros del Sindicato de la Madera en las barricadas del Poble Sec durante el19 de julio de 1936; visitante del frente de Madrid en noviembre; combate durante los Hechos de Mayo del 37; soldado en Guadarrama con la 105 Brigada Mixta. Sus vibrantes memorias de esta época las tituló modestamente Un soldado de la República (G. del Toro Ed., Madrid, 1974) y en Los que sí hicimos la guerra (Martínez Roca, BCN,1973).
La guerra no acabó para él con el exilio; al llegar a Francia se enrola en el Ejército francés y participa en la campaña de 193940. Durante el invierno de 1940-41 colabora con Solidaridad Española y más tarde (1942) ingresa en los Grupos de Acción de la Resistencia española del Aude (Francia). En los combates por la Liberación (agosto de 1944), después de haber intervenido como coordinador regional de los "partisanos", manda un destacamento franco-español de guerrillas. Militante del Partido Sindicalista integrado en la CNT, nada más acaba la II Guerra Mundial Eduardo realiza su primer viaje clandestino a España. También participa en reuniones y mítines en Francia, en representación de la Junta Española de Liberación. Hace un segundo viaje clandestino (1945-46), ya su regreso a Francia es detenido en los Pirineos.
Se evade en Barcelona y vive clandestinamente. Se exilia de nuevo en 1948 para regresar legalmente a España en 1962, y desde entonces se mueve por todos los resquicios legales posibles y trata de contribuir a un amplio acuerdo en el que trató de implicar a intelectuales disidentes del régimen como Dionisia Ridruejo, Pedro Laín Entralgo o Antonio Tovar. Colaboró con Camilo José Cela en la fundación de la editorial Alfaguara. Como historiador testimonialista, su obra se apoya totalmente en el recuerdo de la guerra y de la resistencia y mantiene una rotunda carga testimonial antifranquista. Escribe dos obras pioneras y fundamentales sobre la memoria del exilio: Republicanos españoles en la II Guerra Mundial, Guerrillas españolas, 1939-1960 (Planeta, BCN). Ambas son producto de una investigación concienzuda sobre el terreno, conversando con toda clase de testigos, con los que recuperará para la historia (perdida bajo la dictadura franquista) dos capítulos impresionantes. Eduardo privilegia siempre las voces de los protagonistas, o de las personas más allegadas, aunque algunos de sus puntos de vista --como cuando abunda sobre las posibilidades de éxito de las guerrillas-- han sido muy controvertidos y denotan su optimismo incandescente. También lo caracterizó una natural afabilidad y sencillez, una manera de ser que le permitía tener "buen rollo" con casi todo el mundo.
Como periodista --y cultivando el mismo material-- escribe en diversas revistas de historia, como Historia 16, donde publicará sus Memorias del exilio. En uno de sus pasajes más estremecedores cuenta la historia de Pepa Natalia Rodríguez Ortega, que aparentó "colaboracionismo" en un campo de concentración alemán para ayudar a sus compañeros y fue, después de muerta, escupida por los suyos. Eduardo trabajará en su onda en diversas revistas y diarios, como TeleExpress y el ya citado Diario de Barcelona. Su peculiar figura de obrero antiguo, de maneras sencillas, pelo rizado, nariz afilada, una manera de andar ranqueante, se hizo familiar en toda clase de controversias sobre la guerra civil, el franquismo, el maquis o el anarcosindicalismo, temas sobre los que tenía sus propios criterios, siempre basado en un cúmulo inagotable de experiencias propias. Eduardo fue también asesor de la evocación del "maquis" en Silencio roto (España, 2000), de Montxo Arméndariz. Solidario con la revolución nicaragüense, interviene en diversas campañas.
Otras obras suyas son: La venganza (novela corta), ¡Destruid la columna alemana! (Hacer, BCN, 1981, sin olvidar otras a las que dedicó muchos años de trabajo como Los niños de la guerra, que ha tenido diversas ediciones, la última de difusión en los kioscos, esto sin olvidar su contribución en la tarea de desenmascarar las patrañas de Pío Moa y de otros mercenarios de la escuela de la COPE. A pesar de las dificultades y achaques de los últimos años, Eduardo siguió siendo un personaje habitual en los debates organizados en l'Espai Obert, y sobre todo en el Ateneo de Barcelona, donde era conocido por todos. Hombre abierto donde los hubiera, prestó su presencia y su afilada memoria para hablar de Joaquín Maurín, Víctor Alba o del POUM en diferentes actividades organizadas por la Fundació Andreu Nin. Su vida y su obra es indisociable de la de su compañera, la escritora granadina Antonina Rodrigo (Granada, 1940), autora igualmente de algunas obras capitales en la recuperación abierta y plural de la memoria popular, sobre todo en su vertiente feminista y libertaria como Mujeres de España. Las silenciadas (Plaza&Janés, 1975, BCN), Nuestras mujeres en la guerra (1976), Mujer y exilio, 1939 (Compañía Literaria, Madrid, 1999), Y como biógrafa y editora de Amparo Poch i Gascón
Con Eduardo desaparece uno de los más grandes trabajadores de la "memoria popular" anarquista y republicana, uno de sus historiadores más importantes, de los que más contribuyeron a la creación de unas fuentes que luego serían tránsito obligado para todos los especialistas que le siguieron. Su perfil de radicalismo antifranquista y anticapitalista fue siempre integrador, raramente se escuchó de sus labios ningún reproche sobre conflictos militantes por más que tuviera sus propias heridas. Se puede afirmar que vivió intensamente, y que cumplió sus propósitos de dar testimonio del pueblo al que nunca dejó de pertenecer.
Pepe Gutiérrez-Álvarez
(El Viejo Topo, 234-235 / juliol-agost 2007)
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